.

.

.

.

..

.

sábado, septiembre 20, 2008

POEMA , PREMODICION , MUERTE -- ASESINATO DE LORCA -- LLANTO POR IGNACIO SANCHEZ MEJIAS

LLANTO POR IGNACIO SANCHEZ MEJIAS
Federico García Lorca
(1898-1936)


_
I. – LA COGIDA Y LA MUERTE
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana.
A las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida.
A las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte.
A las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones.
A las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel.
A las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo.
A las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada.
A las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón.
A las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo.
A las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio.
A las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
A las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando.
A las cinco de la tarde.
Cuando la plaza se cubrió de yodo.
A las cinco de la tarde.
La muerte puso huevos en la herida.
_
A las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama.
A las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído.
A las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente.
A las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía.
A las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena.
A las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles.
A las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles.
A las cinco de la tarde.
Y el gentío rompía las ventanas.
A las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
_
II. - LA SANGRE DERRAMADA
¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga,
Que no quiero ver la sangre
De Ignacio sobre la arena.
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
Con sauces en las barreras.
¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
Con su blancura pequeña!
¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
Pasaba su triste lengua
Sobre un hocico de sangres
Derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
Casi muerte y casi piedra,
Mugieron como dos siglos
Hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!
Por las grades sube Ignacio
Con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
_
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
Cada vez con menos fuerza;
Ese chorro que ilumina
Los tendidos y se vuelca
Sobre la pana y el cuero
De muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos
Cuando vio los cuernos cerca,
Pero las madres terribles
Levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
Hubo un aire de voces secretas
Que gritaban a toros celestes,
MayoraIes de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
Que comparársele pueda,
No espada como su espada
Ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
Su maravillosa fuerza,
Y como un torso de mármol
Su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
Le doraba la cabeza
Donde su risa era un nardo
De sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
_
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
Banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
Abren con dedos seguros
La flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
Cantando por marismas y praderas,
Resbalando por cuernos ateridos
Vacilando sin alma por la niebla,
Tropezando con miles de pezuñas
Como una larga, oscura, triste lengua.
Para formar un charco de agonía
Junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
iOh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga.
Que no hay golondrinas que se la beban,
No hay escarcha de luz que la enfríe,
No hay canto ni diluvio de azucenas,
No hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡Yo no quiero verla!
_
III. - CUERPO PRESENTE
La piedra es una fuente donde los sueños gimen
Sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
Con árboles de lágrimas y cintas planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
Levantando sus tiernos brazos acribillados,
Para no ser cazadas por la piedra tendida
Que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
Esqueletos de alondras y lobos de penumbra:
Pero no da sonido, ni cristales, ni fuego,
Sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
La muerte le ha cubierto de pálidos azufres
Y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
Y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
Se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
Con una forma clara que tuvo ruiseñores
Y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
Ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
Aquí no quiero más que los ojos redondos
Para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
_
Los que doman caballos y dominan los ríos:
Los hombres que les suena el esqueleto y cantan
Con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
Para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
Para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
Sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
Que finge cuando niña doliente res inmóvil;
Que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
Para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
_
IV. - ALMA AUSENTE
No te conoce el toro ni la higuera.
Ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
Porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
Ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
Porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas.
Uva de niebla y montes agrupados.
Pero nadie querrá mirar tus ojos
Porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
Como todos los muertos de la Tierra.
Como todos los muertos que se olvidan
En un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
Un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

jueves, septiembre 18, 2008

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? -- EL HOLANDES ERRANTE -- WARD MOORE

SUCESOS DE UN FUTURO INCIERTO? -- EL HOLANDES ERRANTE -- WARD MOORE
_
EL HOLANDÉS ERRANTE
Ward Moore
_
Mientras el minutero del reloj de pared rebasaba suavemente la manecilla de las horas,
todavía enhiesta, el calendario automático, situado bajo la esfera, se estremeció
bruscamente y al número diez le sucedió el once.
Salvo aquel ligero espasmo, tal vez atribuible a un imperfecto funcionamiento del
mecanismo, las plaquitas en que estaban inscritos los signos «noviembre» y «1998»
permanecieron inmóviles. En la sala de control, dotada de aire acondicionado, un
termómetro situado junto a la puerta señalaba invariablemente una temperatura de 68º
Farenheit.
No había nadie en la sala de control para observar el reloj, el calendario, el termómetro,
la pantalla de radar o cualquiera de los diversos indicadores instalados en las paredes o
en las mesas. Aún suponiendo la presencia de empleados o intrusos, no les hubiera
sido posible leer señal alguna ya que la oscuridad era completa. No sólo estaban
apagadas las luces de la sala; tupidos cortinajes las protegían contra los traicioneros
rayos de la luna que eventualmente pudieran reflejarse en las superficies pulimentadas.
La ausencia de luz y de personal técnico no alteraba el trabajo de los prodigiosos
aparatos del aeropuerto, pues habían sido diseñados para funcionar automáticamente
con una inteligencia casi humana y con una precisión que sobrepasaba a la del hombre
en cualquier emergencia, excepto en los casos de un ataque directo del enemigo o de
un tiro cercano que averiara no sólo los instrumentos sino también los aparatos de
reparación y ajuste.
Cuando el sonar y el radar captaron el sonido y la imagen de una aeronave que se
aproximaba por el norte, instantánea y correctamente fue identificada como amiga; en
efecto, era un RB-87 que regresaba a su base. La información fue transferida a las
baterías antiaéreas, a la oficina de información, situada a treinta millas de distancia; a
los tabuladores que registraban el curso de los bombarderos, al control de combustible
oculto a gran profundidad y al depósito de municiones, protegido por capas y más
capas de cemento y plomo.
No existía balizaje automático en el aeropuerto, por supuesto, pero esto no significaba
inconveniente alguno para el poderoso bombardero de ocho motores, ya que no
dependía de percepciones y reacciones humanas sino de un cálculo matemático
totalmente ajustado a su plan de vuelo, sensible a la más sutil variación atmosférica, a
la configuración del terreno, e incluso a una repentina imperfección de su propio
mecanismo. Durante el vuelo, segundo tras segundo, estos instrumentos calculaban,
compensaban y mantenían a la aeronave en la ruta prevista.
El RB-87, ajustado a la velocidad y dirección del viento, así como a cierto número de
factores, apuntó la proa hacia la pista de cemento de dos millas de longitud y se deslizó
suavemente sobre ella, hasta el final, para detenerse finalmente con las hélices girando
en punto muerto entre dos trazos de pintura: el lugar exacto que indicaban los cálculos
que regían su navegación.
Mientras se detenían los motores y las hélices giraban cada vez con mayor lentitud, los
complejos servicios de la base aérea comenzaron a funcionar, al detectar los
instrumentos de la oscura sala de control la invisible imagen del bombardero que
regresaba. Del depósito de combustible serpenteó una manguera aparentemente
interminable, atravesando el campo; al acercarse al bombardero, sus movimientos
reptantes se hicieron más pronunciados cuando, guiada por impulsos electrónicos alzó
la cabeza y trepó por un costado del aparato, buscando a ciegas los vacíos tanques de
gasolina. Un diminuto receptor le respondió al mensaje de un transmisor también
minúsculo; saltó el tapón y el cuello de la manga se introdujo en la abertura. Este
contacto actuó en las profundidades del depósito de combustible; comenzaron a
funcionar las bombas y la larga manguera se puso rígida al pasar la gasolina por su
interior. A muchos kilómetros de distancia comenzaron a trabajar las bombas,
impulsando su carga a través de los oleoductos. Toda la maquinaria de una refinería se
puso en movimiento para elaborar petróleo en crudo y enviarlo transformado en
gasolina de alto octanaje. A medio continente de distancia, se elevaba desde las
profundidades de un pozo de materia prima que iría a parar al interior de un depósito
vacío.
La manguera de gasolina, pieza fundamental, era el aparato más simple de la sala de
control. Llenos ya los tanques, el tapón del depósito en su sitio y la manguera enrollada
en su horquilla, hicieron su aparición las maquinarias más complejas. La manguera de
engrase se desplazaba de un motor a otro, los cuales vomitaban finas capas de aceite
negro quemado, luego reemplazadas por lubricantes de un color verde-dorado, fresco y
viscoso. El dispositivo mecánico de engrase, un increíble pulpo sobre ruedas, circulaba
por el campo aplicando sus tentáculos a las innumerables junturas que requerían sus
servicios. Al otro lado del campo, los dispositivos automáticos de carga transportaban
su precioso equipo en lenta procesión. Iban al encuentro del bombardero y constituían
también mecanismos complejos y sutiles, guiados por delicados artificios, que
colocaban suave y cuidadosamente las valiosas bombas en las cavidades de la nave.
Aguardaban pacientemente su turno, dispuestos y regulados contra toda posible
colisión. Al igual que los aparatos de control de combustible, también eran el resultado
de la labor de muchos servomecanismos; galerías subterráneas despachaban a gran
profundidad el material de repuesto por medio de tubos neumáticos, que se introducían
bajo la superficie de la tierra a varios kilómetros de profundidad.
Los poderosos motores se enfriaron. La veleta - una especie de cono de lona -, en lo
alto de la torre del aeropuerto, se movió ligeramente. En la oscura sala de control, el
reloj marcaba las 3:58. Débiles partículas de polvo se filtraron subrepticiamente a través
de las rendijas de las ventanas y un pequeño trozo de cemento, desprendido por el
viento, cayó al suelo. A unos cuantos kilómetros de distancia, una hilera de árboles
secos y resquebrajados rehusaban ásperamente, con fúnebre tozudez, a doblegarse lo
más mínimo ante las duras acometidas del viento.
Exactamente a las 4:50, un impulso eléctrico procedente de la sala de control, según
normas predeterminadas, puso en marcha los motores del avión. Hubo un momento en
el que falló el motor número siete, pero pronto recuperó el ritmo habitual. Durante un
largo intervalo, los motores se calentaron. La aeronave emprendió la marcha con
aparente impremeditación, pero en el exacto instante previsto.
La pista se extendía a gran distancia. Pese a ganar velocidad, parecía como si el avión
se mantuviera pegado a ella, reacio a dejar tierra. Después de un ligero balanceo, se
abrió al fin un espacio entre las ruedas y el cemento, que se agrandó con rapidez. El
aparato se elevó a gran altura, sobrepasando por un amplio margen la red de cables de
alta tensión que se extendía más allá del aeropuerto. Ya en el aire pareció vacilar un
momento, mientras los instrumentos medían y calibraban, pero no tardó en enfilar la
proa hacia el norte, surcando con decisión el firmamento.
Volaba a enorme altura, por encima de las nubes, por encima de la sutil capa de aire
oxigenado. Los motores palpitaban uniformemente, excepto el número siete, en el que
de vez en cuando se percibían desfallecimientos y vacilaciones. Los expertos
instrumentos del bombardero guiaban y comprobaban constantemente su vuelo,
manteniéndolo en ruta hacia el objetivo a una altura fuera de posibles interferencias.
La pálida luz del amanecer hirió los contornos del avión sin resultado. La pintura
pardusca del camuflaje no producía reflejos, pero aquí y allá aparecían ligeros
rasguños, dejando al descubierto el brillante y traicionero aluminio. A medida que la luz
se intensificaba, se hizo patente que tales desperfectos no eran sino pequeños signos
de la debilidad del gran bombardero. Un golpe aquí, una abolladura allá, un cable
deshilachado, una ligera erosión, señales que evidenciaban malos tratos, ominosas
limitaciones. Sólo los instrumentos y los motores eran perfectos, aunque incluso éstos,
considerando las alteraciones del número siete, no parecían destinados a durar
indefinidamente.
Rumbo norte, rumbo norte, rumbo norte. El blanco había sido fijado, años atrás, por
hombres maduros de rostro inexpresivo. La ruta fue establecida por hombres más
jóvenes, con cigarrillos entre los labios, y los instrumentos esenciales fueron instalados
por otros hombres todavía más jóvenes, envueltos en guardapolvos y mascando chicle.
El blanco no era originalmente objetivo exclusivo del «Holandés Errante» - nombre que
un mecánico jovial pintó años atrás en el fuselaje de la aeronave -, sino que estaba a
cargo de un escuadrón completo de aviones del modelo RB-87, pues constituía un
importante centro industrial, una parte esencial para el poder militar del enemigo cuya
destrucción era necesaria.
Los hombres maduros que habían decidido el plan estratégico conocían muy bien la
naturaleza de la guerra que estaban afrontando. Todo se había preparado
cuidadosamente, teniendo en cuenta las posibles eventualidades. Planes de todas
clases, cuantas alternativas eran posibles, se habían planificado con el mayor celo. Se
daba por descontado que aquella capital y las ciudades más importantes serían
destruidas casi de inmediato, pero los autores del plan habían ido mucho más allá de la
simple descentralización. En las guerras precedentes, las operaciones finales
dependían de los humanos, cuyo carácter frágil y falible conocían muy bien los
estrategas. Pensaban con disgusto en la inutilidad de los soldados y mecánicos cuando
se les somete a bombardeos ininterrumpidos o sufren los efectos de las armas químicas
o biológicas, en los civiles refugiados en los más profundos rincones de las cavernas y
minas subterráneas, con la voluntad anulada para la lucha e implorando servilmente el
retorno de la paz. Los estrategas habían luchado ardorosamente contra este factor de
incertidumbre. Organizaron una guerra no sólo completamente automatizada, sino
además en la que botones y más botones actuasen en una cadena sin fin. La población
civil podría encorvarse y temblar, pero la guerra no se detendría hasta alcanzar la
victoria.
El «Holandés Errante» avanzaba velozmente hacia un blanco familiar servido y
reforzado por una intrincada red de instrumentos, dispositivos, factorías, generadores,
cables subterráneos y recursos básicos, todos ellos casi envidiables e inexpugnables,
capaces de funcionar hasta el agotamiento, que no llegaría, gracias a su perfección,
hasta dentro de cien años. El «Holandés Errante» volaba hacia el norte, una creación
del hombre que ya no dependía de su autor.
Volaba hacia la ciudad que, largo tiempo atrás, había quedado convertida en pequeños
cascos pulverizados. Volaba hacia las distantes pilas de baterías antiaéreas, donde los
pocos cañones que todavía quedaban indemnes lo localizarían con sus pantallas de
radar, apuntando y disparando automáticamente, para atraerlo al destino que sufrieron
otros aviones a su imagen y semejanza. El «Holandés Errante» volaba hacia el país del
enemigo, un país cuyos ejércitos habían sido aniquilados y cuyo pueblo había perecido.
Volaba a tal altura que, desde un punto muy inferior al de sus extendidas alas y
potentes motores, la superficie de la Tierra quedaba limitada por una gran línea curva.
La Tierra, un planeta muerto en el cual hacía ya tiempo, mucho tiempo, que no alentaba
ningún ser viviente.
_
FIN

sábado, julio 19, 2008

Álbumes web de Picasa - pedrozar1964

Álbumes web de Picasa - pedrozar1964

¿QUIERES SALIR AQUI?, ENLAZAME

.