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martes, abril 22, 2008

EMILIO ZOLA -YO ACUSO -- LA VERDAD EN MARCHA

Emilio Zola
Yo Acuso
La verdad en marcha
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Índice

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Nota sobre el caso Dreyfus
Prólogo
Monsieur Scheurer‑Kestner
La cofradía
El juicio
Carta a la juventud
Carta a Francia
Yo acuso. Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República
Declaración ante el jurado
Carta a Monsieur Brisson, presidente del Consejo de Ministros
Justicia
E1 quinto acto
Carta a la esposa de Alfred Dreyfus
Carta al Senado
Carta a Monsieur Loubet, presidente de la República
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Nota sobre el caso Dreyfus

En 1894, los servicios de contraespionaje (Service de Renseignements) del Ministerio de la Guerra fran­cés interceptan un documento dirigido al agregado militar alemán en París, Schwartzkoppen, en el que se menciona en nota manuscrita el anuncio del envío de informaciones concretas sobre las características del nuevo material de artillería francés. El riesgo de es­cándalo es más preocupante que la propia filtración; había, pues, que encontrar a un culpable. Basándose en el escrito, los expertos comparan letras de los ofi­ciales del Estado Mayor y concluyen que el capi­tán Alfred Dreyfus, de treinta y cinco años, judío y alsaciano, es su autor. El 15 de octubre de ese año Dreyfus es arrestado, juzgado por un consejo de guerra y declarado culpable de alta traición.
Pese a las declaraciones de inocencia del acusado (declaraciones que no se hacen públicas), se condena a Dreyfus a la degradación militar (enero de 1895) y a cumplir cadena perpetua en la isla del Diablo, en la Guayana francesa. Durante el juicio, el general Mercier, ministro de la Guerra, expresa sus convic­ciones a la prensa y comunica al tribunal que existen pruebas «abrumadoras» de la culpabilidad de Drey­fus, pruebas que no puede mostrar porque pondrían en peligro la seguridad de la nación. Hasta ese mo­mento, nadie duda de la existencia de dichas pruebas. Únicamente la familia de Dreyfus, convencida de su inocencia, habla de error judicial y busca apoyos entre los politicos y la prensa para conseguir la revision del juicio.
En marzo de 1896, el nuevo responsable del Ser­vice de Renseignements, el coronel Picquart, descubre un telegrama dirigido por el agregado militar alemán Schwartzkoppen a un oficial francés de origen hún­garo, el comandante Esterhazy; el telegrama no deja dudas de que este ultimo es el informador de Schwar­tzkoppen en el Estado Mayor francés. La letra de Es­terhazy, que se parece a la de Dreyfus, es, sorprenden­temente, muy similar a la del famoso escrito. Picquart informa a sus superiores y expresa su convicción de que fue un error atribuir el escrito a Dreyfus. El Es­tado Mayor destina a Picquart a la frontera del este y, posteriormente, a Túnez. Los tribunales militares, dominados por camarillas de extrema derecha y anti­semitas, se niegan a revisar el caso Dreyfus y tratan de sofocar el escándalo, pero no logran evitar que algunos rumores alerten a personalidades de la iz­quierda.
En 1897 -con la ayuda del periodista Bernard Lazare, del senador Scheurer‑Kestner y del diputado Joseph Reinach-, Mathieu Dreyfus, hermano de Al­fred, promueve una campaña en Le Figaro para exi­gir que se investigue a Esterhazy y se revise el juicio de 1894. La extrema derecha reacciona de inmediato. Indignado, Émile Zola, próximo a la izquierda ra­dical y a grupos socialistas, entra en liza. La cam­paña de Le Figaro rompe la conspiración de silencio.
En diciembre de 1897, Esterhazy, cuya letra es idéntica a la de los facsimiles del escrito que la prensa ha reproducido, es inculpado y comparece ante un tri­bunal militar; contra todo pronóstico, los jueces lo ab­suelven en enero de 1898, al tiempo que el presidente del Consejo de Ministros, Méline, rechaza la revi­sion del caso Dreyfus: «El caso Dreyfus no existe». Zola, consciente de los riesgos que corre, plantea la cuestión ante la opinion pública en su célebre carta al presidente de la República, titulada «Yo acuso» y pu­blicada el 13 de enero en L'Aurore. Ese mismo día, la policía detiene al teniente coronel Picquart. La polémica enardece al país y se desencadenan las hos­tilidades entre la derecha militarista y la izquierda so­cialista o radical, entre las corrientes nacionalistas antisemitas y los defensores del Derecho, entre el inte­grismo católico y los adalides del libre pensamiento. Llueven insultos y críticas sobre Zola. En estas cir­cunstancias, aparece, ya en su sentido moderno, la expresión «los intelectuales», que emplearon los antidreyfusards (Barrès, Drumont, Leon Daudet, Pierre Loti, Jules Verne...) contra los dreyfusards (Zola, Gide, Proust, Péguy, Mirbeau, Anatole France, Jarry, Claude Monet...).
Del 7 al 23 de febrero de 1898, Zola, amena­zado de muerte por los grupos de extrema derecha, comparece ante un tribunal, acusado de difamar a los oficiales y personalidades que había denunciado en su «Yo acuso». Se le declara culpable y se le condena a un año de cárcel, a pagar tres mil francos de multa y se le despoja de la Legión de Honor. Tras recurrir la sentencia, el tribunal de instancia vuelve a conde­narle, esta vez, sin embargo, en rebeldía, pues Zola, temiendo por su vida, se ha exiliado en Inglaterra. Semanas después de este segundo juicio, se confirma que el documento que se utilizó para comprometer a Dreyfus en el juicio de 1894 era falso; lo había con­feccionado un oficial del Service de Renseignements, el coronel Henry, quien confiesa su culpabilidad el 30 de agosto y el 31 se suicida en la cárcel. El Tribunal Supremo, que había empezado a revisar el expediente Dreyfus en junio, ordenó la revision del caso.
Zola, pese a la confirmación de la sentencia con­denatoria, regresa de su exilio en junio de 1899; el Gobierno renuncia a tomar medidas contra él. Entre agosto y septiembre de ese año, Dreyfus, trasladado a Francia, se somete a un segundo juicio y de nuevo le condenan los tribunales militares, que no acceden a reconocer el error judicial que se cometió en 1894; el 19 de septiembre, el presidente de la República, Lou­bet, indulta a Dreyfus. Puesto en libertad, gran parte de la opinion pública considera que debe, además, re­conocerse su inocencia. Hasta el 12 de julio de 1906 no obtendrá Dreyfus la rehabilitación en el ejército. Cuatro años antes, la noche del 28 al 29 de septiem­bre de 1902, de regreso a París tras sus vacaciones en Médan, Emilio Zola muere asfixiado en su casa, de­bido a las exhalaciones de una chimenea. Desde 1898, Zola había recibido numerosas amenazas de muerte, pero este «caso» nunca llegó a esclarecerse. Dreyfus, por su parte, falleció en 1935 ocupando un alto cargo oficial. Quedaron dudas sobre su inocencia hasta la publicación de los Carnets de Schwartzkop­pen en 1930: Dreyfus inocente, Esterhazy culpable.



Yo Acuso. La Verdad en marcha
Prólogo

He juzgado necesario recoger en este volu­men los artículos que fui publicando sobre el caso Dreyfus durante un periodo de tres años, de diciembre de 1897 a diciembre de 1900, a medida que se desarrollaban los acontecimien­tos. Un escritor que ha emitido juicios y ha to­mado responsabilidades en un caso de tanta gra­vedad y tanto alcance tiene el deber de poner a la vista del público el conjunto de su actuación, los documentos auténticos, los únicos que po­drán servir para juzgarle. Y si ese escritor no fuese tratado hoy con justicia, podrá entonces esperar en paz, pues el porvenir dispondrá de toda la información que deberá bastar algún día para sacar a la luz la verdad.
No obstante, no me he apresurado a publi­car este volumen. Quería, en primer lugar, que el expediente buera completo, que hubiese con­cluido un periodo concreto del caso; he tenido que esperar, pues, que la ley de amnistía concluyera un periodo que puede considerarse, al me­nos por el momento, como final. En segundo lugar, me repugnaba enormemente la idea de que se pudiera creer que buscaba publicidad o que me movía el afán de lucro en una cuestión de lucha social de la que el profesional de las le­tras no quería en absoluto beneficiarse. He re­chazado todas las ofertas, no he escrito sobre ello ni novelas ni obras de teatro. Tal vez así lo­gre que por lo menos no me acusen de haber sa­cado dinero de esta historia tan desgarradora que ha trastornado a toda la humanidad.
Pretendo utilizar más tarde, en dos obras, las notas que tomé. En una, con el título de «Im­presiones de audiencias», quisiera contar los jui­cios a los que se me sometió, decir todas las cosas monstruosas y describir los extraños per­sonajes que desfilaron ante mí, en París y en Versalles. En otra, con el titulo de «Páginas de exilio», planeo narrar los once meses que pasé en Inglaterra, los trágicos ecos que despertaban en mi cada noticia desastrosa que me llegaba de Francia, todo lo que evoqué ‑hechos y perso­nas‑ cuando me hallaba lejos de mi tierra, en la completa soledad que me envolvía. Pero no son más que deseos, proyectos, y no me extrañaría que las circunstancias y la vida me impidiesen llevarlos a cabo.
Por otra parte, eso no sería una historia del caso Dreyfus, porque tengo el convencimiento de que ahora, en medio de las pasiones desata­das, sin los documentos que todavía faltan, no se puede escribir esa historia. Habrá que dejar pasar el tiempo, habrá que realizar primero un estudio imparcial de los documentos que for­marán parte del inmenso expediente. Y yo sólo quiero aportar mi contribución a ese expediente, decir lo que supe, lo que vi y oí en la parte del caso en que tuve ocasión de participar.
Por el momento, me contento con reunir en este volumen los articulos ya publicados. Por su­puesto, no he cambiado ni una sola palabra, los he dejado con sus repeticiones, con esa forma áspera y descuidada propia de las páginas escri­tas las más de las veces aprisa y corriendo, en momentos de pasión. Sin embargo, he conside­rado necesario acompañarlos de falsos títulos y de pequeños comentarios en los que doy algu­nas explicaciones imprescindibles para dar cierta coherencia al conjunto, remitiendo los articulos a las circunstancias que me llevaron a escribirlos. De este modo, queda establecido el orden cro­nológico; cada articulo ocupa su lugar en las grandes convulsiones del caso, y el conjunto, en su lógica interna, cobra coherencia, a pesar de los prolongados silencios en que me sumí.
Repito, pues, que estos artículos no son sino una contribución al expediente sobre el caso Drey­fus, algunos de los documentos de mi acción personal cuya recopilación quiero dedicar a la Historia, a la justicia de mañana.

Emilio Zola
París, 1 de febrero de 1901

Monsieur Scheurer‑Kestner


Este artículo apareció en Le Figaro el 25 de no­viembre de 1897.
En 1894, en el momento en que se inició el caso Dreyfus, yo estaba en Roma, y no regresé a Francia hasta el 15 de diciembre de ese año. Como es natural, apenas leía periódicos franceses. Eso explica mi ig­norancia y cierta indiferencia que durante mucho tiempo me inspiró este caso. Hasta noviembre de 1897, al regresar del campo, no comencé a apasio­narme, y ello debido a unas circunstancias que me permitieron conocer los hechos y algunos documentos posteriormente publicados que bastaron para que mi convicción se volviera absoluta a inquebrantable.
Se observará, no obstante, que, en primer lugar, el profesional, el novelista, se sintió sobre todo se­ducido, exaltado, por el drama. Y que la piedad, la fe, el anhelo de verdad y de justicia, vinieron des­pués.


[...] El proyecto de Monsieur Scheurer‑Kest­ner, al tiempo que cumplía su misión, era desa­parecer. Había resuelto decir al Gobierno: «Esto es lo que hay. Tomen cartas en el asunto, atri­búyanse el mérito de ser justos enmendando un error. Todo acto de justicia conlleva al final un triunfo». Ciertas circunstancias, a las que no quiero referirme, hicieron que no se le escuchase.
A partir de ese momento, comenzó para él el calvario que padece desde hace semanas. [...]

Imagino que en el altivo silencio de Mon­sieur Scheurer‑Kestner subyace también el deseo de confiar en que cada cual hará su examen de conciencia antes de actuar. Cuando habló de ese deber que, incluso al ver arruinadas su elevada posición, su fortuna y su felicidad, le exigia ha­cer resplandecer la verdad tan pronto la supo, pronunció esta admirable frase: «Si no, no hu­biera podido vivir». Pues bien, eso han de de­cirse todas las personas honradas que se han visto involucradas en este caso: que no podrían vivir si no hicieran justicia.
Y si las razones políticas provocaran un re­traso de la justicia, sería un nuevo error que no haría más que entorpecer el inevitable desenlace, agravándolo aún más.
La verdad está en marcha y nada la detendrá.


La cofradía
Las siguientes páginas vieron la luz en Le Figaro el 1 de diciembre de 1897.
Tenía ya entonces la intención de publicar en ese periódico una serie de artículos sobre el caso Drey­fus, toda una campaña, a medida que se desarrolla­ran los acontecimientos. Durante un paseo, me en­contré por casualidad con el director de ese periódico, Monsieur Fernand de Rodays. Estuvimos hablando, con cierta pasión, en plena calle, y eso me decidió de pronto a ofrecerle algunos artículos, pues advertí que comulgaba con mis ideas. Así, sin premeditación al­guna, me comprometí. Añado, por otra parte, que iba a ponerme a hablar en cualquier momento, por­que me resultaba imposible callar. Y no debe olvi­darse el vigor con que Le Figaro comenzo y, sobre todo, acabó encauzando la lucha que convenía en­tablar.

Todos conocemos su origen. Es de una bajeza y una necedad simplista dignas de quienes concibieron su existencia.
Un consejo de guerra condena al capitán Dreyfus por delito de traición. A partir de ahí, éste se convierte en un traidor; ya no es un hom­bre, sino una abstracción que encarna la idea de la patria degollada, entregada al enemigo ven­cedor. No sólo representa la traición presente y futura, sino también la traición
pasada[L1] , y le en­dosan la vieja derrota, porque están obsesiona­dos con la idea de que sólo la traición pudo ha­cer que nos vencieran.
Ya tenemos al hombre perverso, la figura abominable, la vergüenza del ejército, el mal­vado que vende a sus hermanos igual que Judas vendió a su Dios. Y como es judio, ¡qué senci­llo!, los judíos ‑que son ricos y poderosos, y que además carecen de patria‑ se pondrán a trabajar soterradamente con sus millones para sacarlo del apuro, comprando conciencias, comprometien­do a Francia en un execrable complot, para ob­tener la rehabilitación del culpable y sustituirlo por un inocente. [...]
Entonces se crea una cofradia. [...]
Analicemos esta cofradía.
Los judíos han hecho fortuna y pagan el ho­nor de los cómplices desde una ventanilla de pa­gos. ¡Dios mío!, no sé cuánto deben de haber gastado ya. Pero aunque no hayan llegado ni a diez millones, comprendo que los hayan dado. Ahí tenemos a ciudadanos franceses, nuestros iguales y nuestros hermanos, diariamente arras­trados por el fango a causa de este estúpido anti­semitismo. Se les ha pretendido aplastar junto con el capitán Dreyfus, se ha intentado convertir el crimen de uno de ellos en el crimen de la raza entera. Todos son traidores, todos vendidos, to­dos condenados. ¡Cómo no va a protestar con furia esa gente, cómo no va a tratar de rebelarse, de devolver golpe por golpe en esta guerra de ex­terminio de que son víctima! Es comprensible que anhelen apasionadamente ver cómo res­plandece la inocencia de su correligionario; y si creen que pueden lograr la rehabilitación de Dreyfus, ¡ah, con qué ánimo deben perseguir­la! [...]
Lo extraordinario es que toda esa gente que, según dicen, han comprado los judíos goce pre­cisamente de una reputación de sólida integri­dad. Tal vez los judíos le echen coquetería a la cosa y no quieran tener más que mercancía rara pagándola a su precio. Pero dudo mucho que exista una ventanilla de pagos, aunque me sen­tiría dispuesto a disculparles si, acosados como están, se defendiesen con sus millones. En las matanzas, cada uno se defiende con lo que tiene. Y hablo de ellos con mucha serenidad, pues ni los quiero ni los odio. No tengo entre ellos a ningún amigo íntimo. Para mí son hombres, y eso basta.
[...] Y espero que, desde que escribí mi pri­mer artículo, también yo forme parte de esa ca­marilla.
[...] A eso se reduce la historia de la cofradía: hombres llenos de buena voluntad, de verdad y equidad, salidos de los cuatro extremos de la Tierra, que trabajan a leguas de distancia y sin conocerse, pero que se dirigen por distintos ca­minos hacia una misma meta, avanzando en si­lencio, escarbando el suelo y que, una buena mañana, confluyen todos en un mismo punto. Todos, fatalmente, se han encontrado, brazo con brazo, en esa encrucijada de la verdad, en esa cita fatal de la justicia.
Como veis, sois vosotros quienes ahora los reunís, les obligáis a cerrar filas, a trabajar como uno solo en pro de la salvación y la honestidad, mientras los cubrís de insultos, los acusáis del más perverso complot, pese a que ellos sólo as­piraban a reparar una gravísima injusticia.
[...] Por lo tanto, ya no es la misma Francia, si se la puede engañar hasta ese punto, solivian­taría contra un miserable que lleva tres años ex­piando, en atroces condiciones, un crimen que no ha cometido. Si, allá, en un islote perdido, bajo un sol abrasador, hay un ser aislado de los demás hombres. No solo lo aisla el ancho mar, sino once guardianes que lo tienen encerrado día y noche formando una muralla viviente. Han in­movilizado a once hombres para custodiar a uno solo. Jamás asesino alguno, jamás loco furioso alguno ha sido encerrado con tal saña. ¡Y ese eterno silencio, esa lenta agonía, bajo la execra­ción de todo un pueblo! [...]
Sí, pertenezco a esa cofradía, y espero que todos los franceses decentes quieran pertenecer a ella.


El juicio

Este artículo apareció en Le Figaro el 5 de di­ciembre de 1897.
Es el tercer y ultimo artículo que me publicaron en ese periódico. Encontré incluso dificultades para que lo aceptaran; y, como se verá, me pareció pru­dente despedirme del público, porque yo pretendía continuar una campaña que soliviantaba a los lec­tores asiduos del periódico. Comprendo perfectamente que un periódico necesite tener en cuenta las costum­bres y deseos de su clientela. Por eso, siempre que me han parado los pies, sólo a mí me he echado la culpa por haberme equivocado con respecto al terreno y las condiciones de la lucha. No por eso Le Figaro dejó de mostrar audacia al acoger esos tres artículos, y le estoy agradecido por ello.

¡Oh, a qué espectáculo asistimos desde hace tres semanas, y qué días tan trágicos, tan inolvi­dables acabamos de vivir! No recuerdo otros que hayan despertado en mi mayor solidaridad, an­gustia y generosa ira. He sentido exasperación, odio hacia la necedad y la mala fe, y he tenido tanta sed de verdad y de justicia que he compren­dido hasta qué punto los más generosos impulsos pueden llevar a un pacifico ciudadano al martirio.
Porque, en verdad, el espectáculo ha sido inaudito, ha superado en brutalidad, en desfa­chatez, en declaraciones indignas, los peores ins­tintos, las mayores bajezas jamás confesadas por la bestia humana. Casos como éstos, en los que la muchedumbre derrocha perversion y demen­cia, no abundan, y tal vez por eso me apasioné en el grado en que lo hice ‑al margen de mi re­chazo en tanto que hombre‑ como novelista, como dramaturgo, trastornado de entusiasmo ante un caso de belleza tan atroz.
Hoy, el caso entra ya en una fase regular y lógica, la que hemos deseado, exigido sin des­canso. Un consejo de guerra se ha hecho cargo del caso, la verdad relucirá al cabo de este nuevo proceso, estamos seguros. Nunca quisimos otra cosa. Sólo nos queda callar y esperar, pues no nos corresponde a nosotros decir la verdad; el consejo de guerra sera quien la desvele, deslum­brante. Y solo volveríamos a intervenir si esa verdad resultara incompleta, lo que, por otra parte, es una hipótesis inadmisible.
Sin embargo, una vez terminada la primera fase ‑ese embrollo rodeado de tinieblas, ese es­cándalo en el curso del cual han salido a relucir tantas conciencias sucias‑, conviene levantar acta, sacar conclusiones. Porque, entre la pro­funda tristeza de las constataciones que se im­ponen, asoma el aleccionamiento viril, el hierro candente que cauteriza las heridas. Que nadie lo olvide; el horrible espectáculo que acabamos de ofrecernos a nosotros mismos tiene que cu­rarnos.

Primero, la prensa.
Hemos visto ya a la prensa rastrera en celo, amasando dinero a costa de las curiosidades malsanas, trastornando a las masas para vender su deleznable papel, ese papel que ya no en­cuentra compradores cuando la nación está en calma, saludable y fuerte. Me refiero en especial a los que ladran de noche, a los periódicos pros­tibularios que atraen poderosamente a los tran­seúntes con esos grandes titulares que garantizan escándalos. Éstos siempre han formado parte de su habitual mercancia, aunque, en esta ocasión, con impudicia significativa.
Hemos visto, un peldaño más arriba, a los pe­riódicos populares, los periódicos baratos, los que se dirigen a la inmensa mayoría y crean la opinión de las masas, les vimos cómo alimen­taban pasiones atroces, cómo promovían furio­samente una campaña sectarista, anulando toda generosidad de nuestro amado pueblo de Fran­cia, todo deseo de verdad y de justicia. Quiero creer en su buena fe. Pero qué triste es ver a esos polémicos envejecidos, agitadores dementes y patriotas estrechos de miras, convertidos en lí­deres y cometer el más vil de los crímenes, el de ofuscar la conciencia pública y extraviar a todo un pueblo. Esa labor resulta aún más execrable porque viene dada, en ciertos periódicos, con re­cursos infames, con hábito de utilizar la menti­ra, la difamación y la delación, que quedarán como la gran vergüenza de nuestra época.
Hemos visto, en fin, cómo la prensa presti­giosa, la prensa considerada seria y honrada, asistía a eso con una impasibilidad, iba a decir una serenidad, que considero asombrosa. Esos honrados periódicos se han limitado a registrarlo todo, fuera verdad o error, con un cuidado es­crupuloso. Se han dejado llevar por la corriente envenenada, sin omitir ninguna abominación. Por supuesto, se han comportado con imparcia­lidad. ¿Y qué? ¡Tímidas apreciaciones de vez en cuando y ni una voz clara y noble, ni una, nó­tese bien, se ha alzado en esa honrada prensa para tomar partido por la humanidad y la igual­dad ultrajadas!
Y, sobre todo, hemos visto ‑pues en medio de tantos horrores basta con escoger el más re­pugnante‑, hemos visto, decía, que la prensa, la prensa inmunda, seguía defendiendo a un oficial francés que había insultado al ejército y escu­pido a la nación. Hemos visto eso en los perió­dicos, y los unos lo disculpaban, mientras los otros le dirigían reproches más o menos velados. ¿Cómo? ¡No ha habido ni un grito unánime de rebeldía y de execración! Entonces, ¿qué está ocurriendo para que ese crimen, que en otro momento hubiera soliviantado a la conciencia pública y provocado un furioso anhelo de repre­sión inmediata, haya podido encontrar circuns­tancias atenuantes en esos mismos periódicos, tan quisquillosos siempre ante los problemas de felonías y de traición?
Hemos visto todo eso. E ignoro cómo ha­brán reaccionado los demás espectadores ante semejante síntoma, puesto que nadie lo co­menta, nadie se indigna. A mí, en cambio, me da escalofríos, porque revela, con una inespe­rada violencia, la enfermedad que nos aqueja. La prensa inmunda ha descarriado a la nación y un acceso de perversion y de corrupción está exten­diendo la úlcera, a pleno sol.

Ahora, el antisemitismo.
Él es el culpable. Ya dije de qué modo esa bárbara campaña, que nos hace retroceder mil años, indigna mis ansias de fraternidad, mi afán de tolerancia y de emancipación humanas. Vol­ver a las guerras de religión, reanudar las perse­cuciones religiosas, desear que nos exterminemos una raza a otra, todo eso resulta tan insensato en nuestro siglo de liberación que semejante pro­pósito me parece, más que nada, estúpido. Sólo puede haberse originado en el enfático y dese­quilibrado cerebro de un creyente, en la gran va­nidad de un escritor eternamente desconocido, ansioso por desempeñar a cualquier precio un papel, por odioso que éste sea. Y no quiero creer que un movimiento como éste llegue a cobrar decisiva importancia en Francia, un país donde reina el libre examen, la bondad fraternal y la sensatez.
No obstante, nos hallamos ante actos terri­bles. He de confesar que el daño producido es grande. El veneno ha penetrado en el pueblo, y tal vez lo ha envenenado ya por entero. La pe­ligrosa virulencia que cobraron en Francia los es­cándalos de Panama es obra del antisemitismo. También este lamentable caso Dreyfus es obra suya: el antisemitismo ha hecho posible por sí solo un error judicial, enloquece a la masa a im­pide que se reconozca noble y serenamente tal error, para bien de nuestra salud y de nuestra fama. ¿No hubiera sido más sencillo, más lógico, haber sacado a relucir la verdad a la primera duda seria? ¿No se comprende que, si hemos lle­gado a esta locura furiosa en que nos hallamos, es porque existe forzosamente un veneno oculto que nos lleva a todos al delirio?
El veneno es ese odio rabioso hacia los ju­díos que, cada mañana, desde hace años, se im­buye al pueblo. Hay toda una banda que se de­dica a ese oficio de envenenadores, y lo más gordo es que lo hace en nombre de la moral, en nombre de Cristo, como si fuera un vengador y justiciero. ¿Y quién nos dice que ese ambiente donde se fraguaba no ha influido en el consejo de guerra? No es extraño que un judío traidor venda a su país. Aunque no encontremos nin­gún motivo humano que explique el crimen, aunque ese hombre sea rico, inteligente, traba­jador, sin pasiones, de vida impecable, ¿no basta con que sea judío?
Hoy en día, y desde que pedimos que se arroje luz sobre el asunto, la actitud antisemita se ha vuelto aún más violenta, más ilustrativa. Lo que se va a juzgar es esa actitud, y, si resplandeciese la inocencia de un judío, ¡qué bofetada para los antisemitas! ¿Acaso puede existir un ju­dio inocente? Así, todo un tinglado de mentiras se derrumba, y sobreviene el aire puro, la buena fe, la equidad, la ruina de una secta que influye en la masa de los simples merced al insulto y la impúdica calumnia.
Y hemos visto también el furor que sintieron unos malhechores públicos ante la perspectiva de que pudiera sobrevenir un poco de claridad. También hemos visto, por desgracia, la evolución de la masa pervertida por ellos, toda esa opinion pública extraviada, a todo este amado pueblo compuesto por los pequeños y los humildes lan­zado en persecución de los judíos y mañana dis­puesto a participar en una revolución que libere al capitán Dreyfus si algún hombre honrado lo enardeciera con el fuego sagrado de la justicia.

Finalmente, los espectadores, los actores, vo­sotros y yo, todos nosotros.
¡Qué confusion, qué cenagal siempre en au­mento! Hemos visto cómo se enardecia cada día la mezcla de intereses y pasiones, las historias necias, los comadreos vergonzosos, los desmen­tidos desvergonzados; hemos visto cómo cada mañana abofeteaban el simple sentido común, aclamaban al vicio, silbaban a la virtud, toda una agonía de lo que constituye el honor y el placer de vivir. Y al fin la gente ha acabado por encon­trar eso odioso. ¿Cómo no? Pero ¿quién había querido esas cosas, quién permitió que se pro­longaran? Nuestros dirigentes, aquellos que lle­vaban ya más de un año advertidos del error ju­dicial y no se habían atrevido a hacer nada. Se les suplicó, profetizándoles paso a paso la aterra­dora tormenta que se avecinaba. Ya tenían he­cha la investigación; ya tenían en sus manos el expediente. Y hasta el último momento, pese a las objeciones patrióticas, se obstinaron en su inercia, en lugar de dirigir personalmente el caso para limitarlo, a costa de sacrificar al instante a las individualidades comprometidas. La corrien­te de fango se ha desbordado, tal como se les había advertido, y ellos son los culpables.
Hemos visto triunfar a energúmenos que exi­gían la verdad de quienes decían saberla, cuando éstos no podían decirla mientras la investigación siguiera abierta. Ya le habían contado la verdad al general encargado de la investigación y sólo él está autorizado para darla a conocer. También le contarán la verdad al juez instructor, y solo él podrá oírla para basarse en ella cuando imparta justicia. ¡La verdad! ¿En qué concepto la tenéis, en todo este episodio que sacude por entero a una vieja organización, para creer que es un ob­jeto sencillo y manejable, que se pasea por la palma de la mano y que se pone a voluntad en la mano de los demás como un guijarro o una manzana? La prueba, ¡ah, sí!, se quería una prue­ba allí mismo, enseguida, como los niños que quieren ver el viento. Paciencia, la verdad res­plandecerá; aunque hará falta un poco de inte­ligencia y de honestidad.
Hemos visto una ruin explotación del patrio­tismo, hemos visto agitar el espectro del extran­jero en una cuestión de honor que atañe solo a la familia francesa. Los peores revolucionarios han clamado que se estaba insultando al ejército y a sus superiores cuando, en realidad, lo que se pretende es situar a éstos fuera del alcance de cualquiera, muy arriba. Y frente a los que dirigen a las masas, frente a algunos periódicos que al­borotan a la opinion pública, se ha alzado el te­rror. Nadie de nuestras asambleas lanzó un grito digno de un hombre honrado, todos se quedaron mudos, titubeantes, esclavos de sus grupos, todos tuvieron miedo de la opinion pública, inquietos sin duda en vista de las próximas elecciones. Ni un moderado, ni un radical, ni un socialista, nin­guno de los que preservan las libertades públicas se ha alzado todavía para hablar según su con­ciencia. ¿Cómo queréis que el país encuentre su camino en la tormenta si los mismos que dicen ser sus guías enmudecen, ya por seguir tácticas de politicos estrechos de miras, ya por temor a com­prometer su situación personal?
Y el espectáculo ha sido tan lamentable, tan cruel, tan duro para nuestro orgullo, que no hago más que oír a mi alrededor: «Muy enferma ha de estar Francia para que semejante explosion de aberración pública pueda producirse». ¡No! Sólo está descarriada, desposeída de su corazón y de su genio. Que le hablen de humanidad y de jus­ticia y volverá a encontrarse entera, en su legen­daria generosidad.

Ha terminado el primer acto, ha caído el te­lón sobre el horrible espectáculo. Esperemos que el espectáculo de mañana nos devuelva el valor y nos consuele.
Dije que la verdad estaba en marcha y que nada la detendría. Se ha dado un primer paso, se dará otro, y otro, y luego el paso decisivo. Es matemático.
De momento, en espera de la decision del consejo de guerra, mi papel ha terminado; y de­seo ardientemente que, proclamada la verdad, hecha la justicia, no me vea ya obligado a luchar por ellas.


Carta a la juventud

Este texto apareció publicado como folleto, y se puso a la venta el 14 de diciembre de 1897.
Como no encontré ningún periódico dispuesto a aceptar mis artículos, y además deseaba sentirme del todo libre, proyecté continuar mi campaña mediante una serie de folletos. Primero quise lanzarlos un día fijo, con regularidad, uno por semana. Después pre­ferí controlar las fechas de publicación, de modo que pudiese elegir el momento a intervenir según los temas y sólo los días que me parecieran útiles.

¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estu­diantes que corréis en grupos por las calles, ma­nifestándoos en nombre de vuestras iras y de vuestros entusiasmos, sintiendo la necesidad irresistible de lanzar públicamente el grito de vuestras conciencias indignadas?
¿Vais a protestar contra algún abuso del po­der, han ofendido vuestro anhelo de verdad y equidad, ardiente aún en vuestras almas jóvenes, almas que ignoran los arreglos politicos y las co­bardías cotidianas de la vida?
¿Vais a reparar una injusticia social, vais a poner la protesta de vuestra juventud vibrante en la balanza desigual donde, con tanta falsedad, se pesa el sino de los afortunados y de los deshe­redados de este mundo?
¿Vais, para defender la tolerancia y la inde­pendencia de la raza humana, a silbar a algún sectario de la inteligencia, de estrecha mollera, que ha pretendido conducir vuestras mentes li­beradas hacia el antiguo error proclamando la bancarrota de la ciencia?
¿Vais a gritar, al pie de la ventana de algún personaje esquivo a hipócrita, vuestra fe inque­brantable en el porvenir, en ese siglo venidero que representáis y que ha de traer la paz al mundo en nombre de la justicia y del amor?
«¡No, no! ¡Vamos a abuchear a un hombre, a un
anciano [L2] que, tras una larga vida de trabajo y de lealtad, imaginó que podía sostener impu­nemente una causa generosa, que podia querer que se hiciera la luz y se reparara un error, por el mismo honor de la patria francesa!»
¡Ah!, cuando yo era joven, vi cómo se estre­mecía el Barrio Latino con las orgullosas pasio­nes de la juventud, el amor a la libertad, el odio a la fuerza brutal que aplasta cerebros y oprime almas. Lo vi, bajo el Imperio, entregado de lleno a su esforzada labor de oposición, a veces in­cluso injusto, pero siempre por un exceso de amor a la libre emancipación humana. Silbaba a los autores gratos a las Tullerías, se ensañaba con los profesores cuyas enseñanzas le parecian sospechosas, se alzaba contra cualquiera que se declarase en favor de las tinieblas y de la tiranía. En él ardia el fuego sagrado de la hermosa locura de los veinte años, cuando todas las esperanzas son realidades, cuando el mañana aparece como el triunfo indudable de la Ciudad perfecta.
Y si nos remontáramos más atrás en esta his­toria de las nobles pasiones que han alzado a la juventud de las universidades, veríamos a ésta siempre indignada ante la injusticia, estremecida y sublevada a favor de los humildes, de los aban­donados, de los perseguidos, contra los crueles y los poderosos. Se ha manifestado en favor de los pueblos oprimidos, ha abrazado la causa de Po­lonia, de Grecia, se ha erigido en defensora de cuantos sufrían, de cuantos agonizaban bajo la brutalidad de una masa o de un déspota. Si co­rría la voz de que el Barrio Latino estaba en as­cuas, no había duda de que detrás ardía una llama de justicia juvenil, ajena a precauciones, que acometía con entusiasmo obras dictadas por el corazón. ¡Y qué espontaneidad entonces, qué torrente desbordado corría por las calles!
Ya sé que hoy el pretexto sigue siendo la pa­tria amenazada, Francia entregada al enemigo vencedor por una pandilla de traidores. Yo sólo le pregunto al país dónde podremos encontrar la clara intuición de las cosas, la sensación instin­tiva de lo que es verdad, de lo que es justo, como no sea en esas almas nuevas, en esos jóvenes que nacen a la vida pública y a quienes nada debería ofuscar su razón recta y buena. Que los políticos deteriorados por años de intriga, que los periodis­tas desequilibrados por todas las componendas de su oficio puedan aceptar las mentiras más im­púdicas, puedan hacer la vista gorda ante abru­madoras evidencias, es explicable, comprensible. Pero ¿la juventud? Muy gangrenada ha de estar para que su pureza, su candor natural no se re­conozca a simple vista en medio de los inacep­tables errores y no se enfrente directamente a lo que es evidente, a lo que está claro, luminoso como la luz del día.
La historia es sencilla. Han condenado a un oficial y a nadie se le ocurre sospechar de la buena fe de sus jueces. Lo han castigado si­guiendo el dictado de sus conciencias, basán­dose en pruebas que creyeron veraces. Después, un día, sucede que un hombre, que varios hom­bres, tienen dudas y acaban por convencerse de que una de las pruebas, la más importante, la única al menos en la que se apoyaron públi­camente los jueces, ha sido atribuida errónea­mente al condenado, y que no cabe duda de que esa prueba procede de la mano de otro. Y lo di­cen, y ese otro es denunciado por el hermano del preso, cuyo estricto deber era hacerlo; y así, a la fuerza, empieza un nuevo juicio que, si resultase en una condena, conllevaría la revision del primer caso. ¿No es todo esto perfectamente diáfano, justo y razonable? ¿Dónde ven la maqui­nación, el perverso complot para salvar a un traidor? Simplemente deseamos, ¿quién lo niega?, que el traidor sea un culpable y no un inocente que expía el crimen. Ya lo tendréis a vuestro trai­dor; la cuestión está en que os den el auténtico.
¿No debería bastar un mínimo de sentido común? ¿A qué móvil obedecerían, así pues, los hombres que persiguen la revision del caso? Descartad el antisemitismo estúpido, cuya cruel monomania no ve en eso más que un complot judío, el oro judío, que trata de sustituir en el calabozo a un judío por un cristiano. No existe base alguna, las inverosimilitudes y las imposi­bilidades se derrumban unas tras otras, ni todo el oro del mundo podría comprar ciertas con­ciencias. Y hay que llegar a la realidad, que es la expansion natural, lenta, invencible de todo error judicial. La historia es eso. Un error judi­cial es una fuerza que avanza: unos hombres con conciencia se ven sometidos, asediados, se entre­gan con creciente obstinación, arriesgan su for­tuna y su vida para que se haga justicia. Y no hay otra explicación posible a lo que hoy está pa­sando; el resto se limita a abominables pasiones políticas y religiosas, al torrente desbordado de calumnias a injurias.
Pero ¿qué excusa tendría la juventud si sus ideas de humanidad y de justicia se hubieran de­bilitado por un instante? En la sesión del 4 de diciembre, una Cámara francesa se cubrió de oprobio al votar una orden del día «que con­dena a los instigadores de la odiosa campaña perturbadora de la conciencia pública». Lo digo en voz alta, con vistas al futuro que, espero, ha de leerme: un votación como ésa es indigna de nuestro generoso país, y quedará como una mancha imborrable. Los «instigadores» son los hombres con conciencia y con valentía que, se­guros de un error judicial, lo han denunciado para que se repare, en la convicción patriótica de que una gran nación donde un inocente agoniza entre torturas sería una nación condenada. La «odiosa campaña» es el grito de la verdad, el grito de la justicia emitido por esos hombres, es el empeño con que desean que Francia siga siendo, ante los pueblos que la contemplan, la Francia humana, la Francia que ha logrado la li­bertad y que impartirá la justicia. Y, ya lo veis, seguramente la Cámara ha cometido un crimen, porque ha corrompido incluso a la juventud de nuestras universidades, y ésta, engañada, extra­viada, desbocada por nuestras calles, se mani­fiesta, cosa aún nunca vista, en contra de lo más orgulloso, de lo más valiente, de lo más divino que pueda tener el alma humana.
Después de la sesión del Senado del día 7, la gente habló de hundimiento refiriéndose a Mon­sieur Scheurer‑Kestner. ¡Oh, sí, qué hundimien­to en su corazón, en su alma! Imagino su angus­tia, su tormento al ver cómo se desploma a su alrededor cuanto ha amado de nuestra Repú­blica, cuanto ha ayudado a conquistar para ella en la gran lucha que ha sido su vida: la libertad, primero, y después las viriles virtudes de la leal­tad, de la franqueza y del valor cívico.
Es uno de los últimos que quedan de su pre­clara generación. Bajo el Imperio, supo lo que era un pueblo sometido a la autoridad de uno solo, y se consumía de fiebre y de impaciencia, la boca brutalmente amordazada, ante las injus­ticias. Con el corazón desgarrado, vio nuestras derrotas, conoció las causas, todas originadas por la ceguera y la imbecilidad despóticas. Más ade­lante, fue de los que con mayor inteligencia y ar­dor trabajaron para levantar el país de sus es­combros, para devolverle su lugar en Europa. Procede de los tiempos heroicos de nuestra Francia republicana, a imagino que debía de considerarse autor de una obra buena y sólida: el despotismo expulsado para siempre, la liber­tad conquistada, me refiero a esa libertad hu­mana que permite que cada conciencia ejercite su deber en medio de la tolerancia de las demás opiniones.
¡Sí! Todo pudo conquistarse, pero todo vuelve a estar por los suelos una vez más. En torno a él, dentro de él, no hay más que ruinas. Haber sucumbido al anhelo de verdad es un cri­men. Haber exigido justicia es un crimen. Re­tornó el horrible despotismo, la mordaza más dura acalla otra vez las bocas. Quien aplasta la conciencia pública no es ya la bota de un César, sino toda una Cámara que condena a quienes se enardecen por el deseo de lo justo. ¡Prohibido hablar! Los puños machacan los labios de quie­nes han de defender la verdad, se amotina a las masas para que reduzcan al silencio a los aisla­dos. Nunca se había organizado una opresión tan monstruosa y dirigida contra la libre discu­sión. Y reina el más vergonzoso terror, los más valientes se vuelven cobardes, nadie se atreve ya a decir to que piensa por miedo a que le denun­cien acusándole de vendido y traidor. Los esca­sos periódicos que conservan cierta honestidad se humillan ante sus lectores, quienes se han vuelto locos con tantos chismes estúpidos. Nin­gún pueblo, creo yo, ha pasado por un mo­mento más confuso, más absurdo, más angus­tioso para su razón y su dignidad.
Por lo tanto, es cierto, todo el leal y presti­gioso pasado de Monsieur Scheurer‑Kestner ha debido de hundirse. Si todavía cree en la bon­dad y en la equidad de los hombres, es que po­see un sólido optimismo. Lleva tres semanas viendo cómo le arrastran por el fango porque ha puesto en juego el honor y la alegría de su vejez, porque quiso ser justo. No existe aflicción más dolorosa para un hombre honrado que sufrir martirio a causa de su honradez. Es asesinar en ese hombre su fe en el mañana, envenenarle la esperanza; y si muere dirá: «¡Se acabó, ya no queda nada, todo lo bueno que hice se va con­migo, la virtud solo es una palabra, el mundo es sólo tinieblas y vacío!».
Y para vilipendiar al patriotismo, se ha ele­gido a ese hombre que es el último represen­tante de Alsacia‑Lorena en nuestras Asambleas. ¡Un vendido, él, un traidor, un ofensor del ejér­cito, cuando la simple mención de su nombre debería bastar para tranquilizar las más sombrias inquietudes! No cabe duda de que cometió la ingenuidad de creer que su calidad de alsaciano y su fama de ardiente patriota le valdrían como garantía de su buena fe en sus delicadas funcio­nes de justiciero. Que se ocupase de este caso, ¿no venía a significar que una pronta conclusion le parecía necesaria para el honor del ejército, para el honor de la patria? Dejad que el caso siga arrastrándose más semanas, intentad sofocar la verdad, impedid que se haga justicia y veréis cómo nos habréis convertido en el hazmerreír de toda Europa, cómo habréis situado a Francia a la cola de las naciones.
¡No, no! ¡Las estúpidas pasiones políticas y religiosas no quieren comprender nada, y la juventud de nuestras universidades ofrece al mundo el espectáculo de ir a abuchear a Mon­sieur Scheurer‑Kestner, el traidor, el vendido que insulta el ejército y que compromete a la patria!
Ya sé que el grupo de jóvenes que se mani­fiesta no representa a toda la juventud y que un centenar de alborotadores por la calle causan más ruido que diez mil trabajadores que se que­dan en su casa. Pero cien alborotadores son ya demasiados, y ¡qué desalentador es el síntoma de que ese movimiento, por reducido que sea, se produzca hoy en el Barrio Latino!
Antisemitas jóvenes. ¿Existen, pues, esas co­sas? ¿Hay cerebros nuevos, almas nuevas dese­quilibradas por ese veneno idiota? ¡Qué triste, qué inquietante para el siglo XX que va a ini­ciarse! Cien años después de la Declaración de los Derechos del Hombre, cien años después del acto supremo de tolerancia y emancipación, vol­vemos a las guerras de religión, al más odioso y necio de los fantasmas. Eso es comprensible en algunos hombres que desempeñan su papel, que tienen que mantener una actitud y satisfacer una ambición voraz. Pero ¡en los jóvenes, en los que nacen y ayudan a que se desarrollen y expandan todos los derechos y libertades que habíamos so­ñado ver surgir, fulgurantes, en el próximo siglo! Eran los trabajadores que esperábamos y, en cambio, se declaran ya antisemitas, o sea, que comenzarán el siglo exterminando a todos los judíos porque son ciudadanos de otra raza y de otra fe. ¡Buen principio para la Ciudad de nues­tros sueños, la Ciudad de la igualdad y la frater­nidad! Si la juventud llegara de veras a ese ex­tremo, sería para echarse a llorar, para negar toda esperanza y toda felicidad humanas.
¡Oh juventud, juventud! Te to ruego, piensa en la gran labor que te espera. Eres la futura obrera, tú pondrás los cimientos de este siglo cercano que, estamos profundamente convenci­dos, resolverá los problemas de verdad y de equidad planteados por el siglo que termina. Nosotros, los viejos, los mayores, te dejamos el formidable cúmulo de nuestras investigaciones, tal vez muchas contradicciones y oscuridades, pero ciertamente también te dejamos el esfuerzo más apasionado que nunca siglo alguno haya realizado en pos de la luz, los más honestos y más sólidos documentos, los fundamentos mis­mos de este vasto edificio de la ciencia que tie­nes que seguir construyendo en pro de tu honor y tu felicidad. Y sólo te pedimos que seas más generosa aún que nosotros, más abierta de es­píritu, que nos superes con tu amor a una exis­tencia pacífica, dedicando tu esfuerzo al trabajo, esa fecundidad de los hombres y de la tierra que por fin sabrá lograr que brote la desbordante co­secha de alegría bajo el resplandeciente sol. Nosotros te cederemos fraternalmente el puesto, sa­tisfechos de desaparecer y descansar de nuestra parte de labor en el sueño gozoso de la muerte, si sabemos que tú continuarás y harás realidad nuestros sueños.
¡Juventud, juventud! Acuérdate de lo que su­frieron tus padres, y de las batallas terribles que tuvieron que vencer, para conquistar la libertad de que gozas ahora. Si te sientes independiente, si puedes ir y venir a voluntad o decir en la prensa lo que piensas, o tener una opinion y ex­presarla públicamente, es porque tus padres con­tribuyeron a ello con su inteligencia y su sangre. No has nacido bajo la tiranía, ignoras lo que es despertarse cada mañana con la bota de un amo sobre el pecho, no has combatido para escapar al sable del dictador, a la ley falaz del mal juez. Agradéceselo a tus padres y no cometas el cri­men de aclamar la mentira, de alinearte junto a la fuerza brutal, junto a la intolerancia de los fa­náticos y la voracidad de los ambiciosos. La dic­tadura ha tocado a su fin.
¡Juventud, juventud! Manténte siempre cerca de la justicia. Si la idea de justicia se oscureciera en ti, caerías en todos los peligros. No me refiero a la justicia de nuestros Códigos, que no es sino la garantía de los lazos sociales. Por supuesto, hay que respetarla; sin embargo, existe una noción más elevada de justicia, la que establece como principio que todo juicio de los hombres es falible y la que admite la posible inocencia de un condenado sin por ello insultar a los jueces. ¿No ha ocurrido ahora algo que por fuerza ha de indignar tu encendida pasión por el Derecho? ¿Quién se alzará para exigir que se haga justicia sino tú, que no estás mezclada en nuestras lu­chas de intereses ni de personas, que no te has aventurado ni comprometido en ninguna situa­ción sospechosa, que puedes hablar en voz alta, con toda honestidad y buena fe?
¡Juventud, juventud! Sé humana, sé gene­rosa. Aunque nos equivoquemos, permanece a nuestro lado cuando decimos que un inocente sufre una pena atroz y que se nos parte de an­gustia nuestro corazón sublevado. Basta admitir por un instante el posible error frente a un cas­tigo tan desmesurado para que se encoja el co­razón y broten lágrimas de los ojos. Cierto, los carceleros son insensibles, pero tú, ¡tú que aún lloras, tú, afectada ante cualquier miseria, cual­quier piedad! ¿Por qué no realizas este sueño ca­balleresco de defender su causa y liberar al már­tir que en algún lugar sucumbe al odio? ¿Quién sino tú intentará la sublime aventura, se lanzará a defender una causa peligrosa y soberbia, se en­frentará a un pueblo en nombre de la justicia ideal? ¿No te avergüenza que sean unos viejos, unos mayores, los que se apasionen, los que cumplan tu tarea de generosa locura?
«¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estu­diantes que corréis por la calle manifestándoos, enarbolando en medio de nuestras discordias el valor y la esperanza de vuestros veinte años?»
«¡Vamos a luchar por la humanidad, la ver­dad, la justicia!»

Carta a Francia

Las siguientes páginas, publicadas en un folleto, salieron a la venta el 6 de enero de 1898.
Este folleto constituía el segundo de la serie, y ha­bía planeado que la serie fuera larga. Esta forma de publicación me satisfacía en grado sumo, pues sólo me comprometía a mí, permitiéndome una libertad plena y asumiendo yo toda la responsabilidad. Además, ya no me veía constreñido por las reducidas dimensio­nes de un artículo de periódico, y eso me facilitaba la extension. Los acontecimientos no cesaban, yo los es­peraba, resuelto a decirlo todo, a luchar hasta el fin para que reluciera la verdad y se hiciera justicia de una vez.

En los horribles dias de confusión moral que estamos viviendo, en un momento en que la conciencia pública parece ofuscarse, a ti, Fran­cia, me dirijo, a la nación, a la patria.
Cada mañana, al leer en los periódicos lo que al parecer piensas de este lamentable caso Dreyfus, aumenta mi estupor y se solivianta mi espíritu. ¿Cómo? Francia, ¿eres tú la que has lle­gado a eso, a convencerte de las mentiras más evidentes, a atacar a gente honrada al lado de la turba de malhechores, a trastornarte bajo el pre­texto idiota de que están insultando a tu ejército e intrigando para venderte al enemigo, cuando resulta que el deseo de tus hijos más sabios y más leales es que sigas siendo, a los ojos de la Europa que nos mira con atención, la nación del honor, la nación de la humanidad, de la verdad y la justicia?
Es cierto, a eso ha llegado la gran masa, so­bre todo la masa de los pequeños y los humil­des, la población de las ciudades, casi todas las provincias y el campo, la mayoría ‑digna de consideración‑ de quienes dan por buena la opinión de los periódicos o de los vecinos, que carecen de medios para documentarse o refle­xionar. ¿Qué ha ocurrido, pues? ¿Cómo tu pue­blo, Francia, ese pueblo de buen corazón y sen­tido común ha podido llegar a ese miedo atroz, a esa intolerancia tenebrosa? ¡Le cuentan que un hombre quizás inocente sufre la peor de las torturas y que hay pruebas materiales y morales de que se impone la revisión del caso, y tu pue­blo se niega violentamente a que se haga la luz, toma partido por los sectarios y los bandidos, por gente interesada en mantener el cadáver bajo tierra, ese pueblo que, ayer aún, hubiera vuelto a destruir la Bastilla para liberar a un preso!
¡Qué angustia y qué tristeza, Francia, hay en el alma de los que te quieren, de los que desean tu honor y tu grandeza! Con aflicción contem­plo esta mar turbia y encrespada de tu pueblo, me pregunto cuáles son las causas de la tem­pestad que amenaza con llevarse lo mejor de tu gloria. La situación reviste una gravedad mor­tal, veo síntomas que me inquietan. Pero me atreveré a decirlo todo, pues un solo anhelo tuve en mi vida, la verdad, y no hago ahora más que continuar mi obra.
¿Te das cuenta de que el peligro radica pre­cisamente en esas obstinadas tinieblas de la opi­nión pública? Cien periódicos repiten cada día que la opinión pública no quiere que Dreyfus sea inocente, que su culpabilidad es necesaria para la salvación de la patria. ¿Y no sientes hasta qué punto, Francia, serías culpable si las altas es­feras permitieran que se utilizara semejante so­fisma para echar tierra sobre la verdad? Serías tú, Francia, quien lo hubiera permitido, tú quien hubieras exigido el crimen, ¡y qué responsabili­dad de cara al futuro! Por eso, Francia, aquellos hijos que te quieren y te honran solo sienten un ardiente deber en esta hora tan grave, el de ac­tuar enérgicamente sobre la opinión pública, ilu­minarla, guiarla, salvarla del error al que le em­pujan ciegas pasiones. No existe tarea más útil ni más santa.
¡Ah, sí! Con toda mi fuerza hablaré a los pe­queños, a los humildes, a los que se tragan el ve­neno y caen en el delirio. Tal es mi único pro­pósito, les gritaré dónde se encuentra de verdad el alma de la patria, su energía invencible y su triunfo seguro.
Examinemos cómo están las cosas. Se ha dado un nuevo paso, han citado al comandante Esterhazy para que se presente ante un consejo de guerra. Como dije desde el primer día, la ver­dad está en marcha y nada la detendrá. A pe­sar de tanta mala voluntad, cada paso hacia la verdad se realizará, matemáticamente, a su hora. La verdad lleva consigo un poder que vence cualquier obstáculo. Cuando le cierran el paso, cuando consiguen mantenerla bajo tierra du­rante más o menos tiempo, se concentra, ad­quiere tal violencia explosiva que el día en que estalla, salta todo a la vez. Probad a tapiarla esta vez con las mismas mentiras durante meses, o a encajonarla, y presenciaréis, como no toméis precauciones para después, qué estrepitoso de­sastre.
Pero, a medida que avanza la verdad, se acu­mulan las mentiras para impedir ese avance. Nada más significativo. Cuando el general De Pellieux, encargado de la instrucción previa, entregó su informe, del que se infería la posi­ble culpabilidad del comandante Esterhazy, la prensa inmunda se inventó que, solo por volun­tad del general De Pellieux, el general Saussier, indeciso y convencido de la inocencia del co­mandante, había accedido a pasarlo a jurisdic­ción militar por pura cortesía. Hoy ya es el colmo; cuentan los periódicos que, después de que tres expertos hayan vuelto a reconocer que el escrito era sin lugar a dudas obra de Dreyfus, el comandante Ravary, en su informe judicial, había llegado a la necesidad de un no ha lugar; y que, si el comandante Esterhazy iba a pasar ante un consejo de guerra, era porque éste había presionado otra vez al general Saussier para que le juzgaran.
¿No es eso cómico y de una perfecta me­mez? ¿Os imagináis a ese acusado dirigiendo el caso, dictando sentencias? ¿Os imagináis que, para un hombre declarado inocente después de dos investigaciones, se haga el gran esfuerzo de reunir a un tribunal, con la sola intención de re­presentar una farsa decorativa, una especie de apoteosis judicial? Eso, sencillamente, significa burlarse de la justicia desde el momento en que se afirma que la absolución es segura, pues la justicia no está hecha para juzgar a inocentes, y lo mínimo que debe exigirse es que no se re­dacte el juicio entre bastidores antes del inicio de las sesiones. Puesto que el comandante Ester­hazy ha sido citado ante un consejo de guerra, esperemos, por nuestro honor nacional, que el consejo sea veraz y no una simple farsa desti­nada a distraer a los mirones. Pobre Francia mía, ¿tan tonta te creen, que te cuentan semejantes embustes?
No obstante, todas las informaciones que publica la prensa inmunda son mentiras y de­berían ser suficientes para que la gente abriera los ojos. Por mi parte, me niego rotundamente a creer que los tres expertos no reconocieran, al primer examen, la semejanza absoluta entre la letra del comandante Esterhazy y la del escrito. Cojamos a cualquier niño que pase por la calle, digámosle que suba, enseñémosle las dos prue­bas y contestará: «Estas páginas las ha escrito el mismo señor». No hacen falta expertos, cual­quiera sirve, la similitud de ciertas palabras salta a la vista. Y eso es tan cierto que el mismo comandante Esterhazy ha reconocido la asom­brosa similitud y para explicarla aduce que al­guien ha calcado varias de sus cartas, montando toda una historia complicada y laboriosa, per­fectamente pueril por lo demás, que ha tenido ocupada a la prensa durante semanas. ¡Y aún vienen a decirnos que han consultado a tres ex­pertos, los cuales afirman que la carta fue escrita sin duda alguna por Dreyfus! ¡Ah, no! ¡Ya está bien! Tanta desfachatez es ya torpe, la gente honrada acabará enfadándose, al menos eso espero.
Algunos periódicos llevan las cosas hasta el extremo de decir que se prescindirá del escrito, que ni se mencionará delante del tribunal. En­tonces, ¿qué se mencionará y para qué se for­mará el tribunal? El meollo del caso se reduce a eso: si han condenado a Dreyfus basándose en un documento que otro escribió y que basta para condenar a ese otro, se impone la revision por una lógica inexorable, pues no puede haber dos culpables condenados por el mismo cri­men. El abogado Demange lo repitió rotun­damente, el escrito fue la única prueba que le comunicaron, a Dreyfus no le condenaron le­galmente más que por el escrito; aun así, ad­mitiendo que, despreciando toda legalidad, exis­tan otras pruebas consideradas secretas, cosa que personalmente no puedo creer, ¿quién se atre­vería a rechazar la revisión cuando se demostrase que el escrito, la única prueba conocida y con­firmada, es de la mano y pluma de otro? Ésa es la causa por la que se acumulan tantas mentiras en torno al escrito, el cual, en realidad, consti­tuye todo el caso.
Por lo tanto, éste es un primer punto que conviene tener en cuenta: la opinión pública se ha formado en gran parte a partir de esas mentiras, de esas historias extraordinarias y es­túpidas que propaga la prensa cada mañana. Cuando llegue la hora de buscar responsabili­dades, habrá que ajustar cuentas con esa prensa inmunda que nos deshonra ante el mundo en­tero. Algunos periódicos cumplen con su papel de siempre, nunca dejaron de chapotear en el fango. Pero, entre ellos, ¡qué sorpresa, qué tris­teza encontrarse, por ejemplo, con el Écho de Pa­ris, ese periódico literario tantas veces a la van­guardia de las ideas y que, en el caso Dreyfus, realiza una labor tan sospechosa! Los comenta­rios, de una violencia y partidismo escandalosos, no llevan firma. Parecen inspirarse en la actitud de los mismos que han cometido la desastrosa torpeza de provocar la condena de Dreyfus. ¿No se da cuenta Valentin Simond de que cubren de oprobio a su periódico? Otro periódico cuya actitud debería sublevar la conciencia de toda la gente honrada es Le Petit Journal. Se comprende que los periódicos prostibularios, con una tirada de varios miles de ejemplares, vociferen y mien­tan para aumentar su tiraje, y, además, apenas hacen daño. Pero que Le Petit Journal, un diario que vende más de un millón de ejemplares, que va a parar a manos de gente sencilla y llega a to­das partes, siembre el error y extravíe a la opi­nión pública es muy grave. Cuando uno carga con tantas almas, cuando se es el pastor de todo un pueblo, hay que poseer una integridad inte­lectual escrupulosa, so pena de caer en el crimen cívico.
Así que, ya ves, Francia, lo que primero veo en la demencia que te arrebata: las mentiras de la prensa, la ración de chismes necios, de bajas injurias, de perversiones morales que te sirven cada mañana. ¿Cómo vas a querer la verdad y la justicia, si se trastornan hasta tal punto todos tus valores legendarios, la claridad de tu inteligencia y la solidez de tu razón?
Pero hay hechos aún más graves, todo un conjunto de síntomas que convierten la crisis por la que atraviesas, Francia, en una lección ate­rradora para quienes saben ver y juzgar. El caso Dreyfus no es más que un deplorable incidente. Lo que asusta reconocer es el modo en que te comportas. Se tiene buen aspecto y de golpe sa­len manchitas en la piel: la muerte está en ti. Todo el veneno politico y social te ha asomado a la cara.
¿Por qué, pues, has permitido que gritaran, has acabado tú misma por gritar, y que insulta­ran a tu ejército, cuando, al contrario, unos pa­triotas fervientes solo querían la dignidad y el honor de éste? Pero tu ejército, hoy, eres tú por entero; no lo conforman tal jefe o tal cuerpo de oficiales, o tal jerarquía con galones, son todos tus hijos, dispuestos a defender el suelo francés. Examina tu conciencia: ¿era realmente tu ejér­cito el que querías defender cuando nadie lo ata­caba? ¿No era más bien al sable al que de pronto sentiste necesidad de aclamar? Por mi parte, en la estrepitosa ovación a los superiores supuesta­mente insultados, distingo un brote, sin duda in­consciente, del boulangisme
latente [L3] que todavía te aqueja. En el fondo, aún no tienes sangre re­publicana, los penachos que desfilan te hacen palpitar el corazón, no hay rey que venga del que no te enamores. ¿El ejército? ¡Bueno, sí, pero ni te acuerdas! A quien quieres ver en tu cama es al general. ¡Qué lejos queda el caso Dreyfus! Mientras el general Billot se hacía acla­mar en la Cámara, yo vela cómo se dibujaba en la pared la sombra del sable. Francia, si no des­confias, vas hacia la dictadura.
¿Y sabes también adónde vas, Francia? Vas hacia la Iglesia, regresas al pasado, a ese pasado de intolerancia y teocracia tan combatido por tus hijos más ilustres, que creyeron acabar con él donando a cambio su inteligencia y su sangre. La táctica actual del antisemitismo es muy sim­ple. En vano el catolicismo procuraba actuar so­bre el pueblo, en vano creaba círculos obreros y multiplicaba las peregrinaciones, y fracasaba en su intento por conquistarlo, por conducirlo de nuevo al pie del altar. Era algo definitivo, las iglesias se quedaban vacías, el pueblo había de­jado de creer. Y, de súbito, ciertas circunstancias permitieron que se insuflara en el pueblo la ra­bia antisemita, y lo envenenan con ese fana­tismo, lo lanzan a la calle al grito de «¡Abajo los judíos! ¡Mueran los judíos!». ¡Qué triunfo si se pudiera desencadenar una guerra religiosa! Por supuesto, el pueblo sigue sin creer; pero volver a la intolerancia de la Edad Media, quemar a los judíos en la plaza pública, ¿no significa ya un atisbo de creencia? Hallaron por fin el veneno adecuado; y cuando hayan convertido al pueblo de Francia en un fanático y un verdugo, cuando le hayan extirpado del corazón su generosidad, su amor por los derechos del hombre, conquis­tados con tanto esfuerzo, Dios se ocupará de lo demás.
Hay gente que se atreve a negar la reacción clerical. ¡Pero si está en todas partes, si irrumpe en la política, en las artes, en la prensa, en la ca­lle! Hoy persiguen a los judíos, mañana les to­cará a los protestantes; y así empieza la cam­paña. Reaccionarios de toda índole invaden la República, la adoran con un amor violento y te­rrible, la besan hasta asfxiarla. Por todas partes se comenta que la idea de libertad está en quie­bra. Cuando surgió el caso Dreyfus, ese odio creciente a la libertad encontró una magníñca oportunidad, y se inflamaron las pasiones hasta entre gente inconsciente. ¿No veis que, si arre­metieron contra Scheurer‑Kestner con tanto fu­ror, es porque pertenece a una generación que creyó en la libertad, que deseó la libertad? Hoy, unos se encogen de hombros, otros se burlan: vejestorios, anticuados de buena fe. Su derrota consumaría la ruina de quienes fundaron la Re­pública, de los que murieron, de aquellos a los que han tratado de arrojar al fango. Ellos acabaron con el sable, abandonaron a la Iglesia y por eso a ese hombre excelente y honrado que es Monsieur Scheurer‑Kestner se le considera hoy un malhechor. Hay que ahogarlo en la ver­güenza para que la misma República quede mancillada y destruida.
El caso Dreyfus saca además a la luz del día el ambiguo pasteleo del parlamentarismo, el pas­teleo que lo mancha y ha de matarlo. Este caso se da en un mal momento, al final de una legis­latura, cuando ya solo quedan tres o cuatro me­ses para hacer componendas de cara a la pró­xima. El gabinete que detenta hoy el poder pretende, claro está, que se celebren elecciones, y los diputados pretenden con la misma energía ser reelegidos. Por lo tanto, antes que soltar las carteras, antes que comprometer las posibilida­des de elección, todos se han decidido por actos extremos. No se agarra con mayor avidez el náu­frago a su tabla de salvación. Y todo se reduce a eso, todo se explica: por una parte, la actitud del gabinete en el caso Dreyfus, su silencio, sus apu­ros, la mala acción que comete al permitir que el país agonice bajo la impostura cuando él mismo tenía a su cargo sacar a relucir la verdad; por otra parte, el desinterés medroso de los di­putados, que fingen no saber nada, que solo te­men comprometer su reelección si se enemistan con el pueblo, al que creen antisemita. Se dice con frecuencia: «¡Ah, si las elecciones ya se hubiesen celebrado, verías cómo el Gobierno y el Parlamento hubieran arreglado el caso Drey­fus en veinticuatro horas!». Eso es lo que el ruin pasteleo del parlamentarismo consigue de un gran pueblo.
¡Francia, con esto formas a tu opinion pú­blica, con el deseo del sable y de la reacción cle­rical que te hace retroceder siglos, con la ambi­ción voraz de quienes te gobiernan, se nutren de ti y se niegan a dejar de comer!

A ti apelo, Francia. Sigue siendo la gran Francia, vuelve en ti, enderézate.
Dos episodios nefastos son sólo obra del antisemitismo: Panama y el caso Dreyfus. Hay que recordar de qué manera la prensa inmunda, mediante delaciones, abominables comadreos, publicación de pruebas falsas o robadas, convir­tió a Panama en una úlcera horrible que royó y debilitó al país durante años. Había enloquecido la opinión pública; pervertida la nación entera, ebria de veneno, furiosa, exigía cuentas y pedía la ejecución en masa del Parlamento porque es­taba corrompido. ¡Ah, si Arton volviese, si ha­blase! Volvió, habló y todas las mentiras de la prensa inmunda se desmoronaron hasta el punto de que la opinion pública cambió repentina­mente, no quiso sospechar de ningún culpable y exigió la absolución en bloque. Supongo que, en realidad, no todas las conciencias estarían muy tranquilas, pues había sucedido lo que sucede en todos los Parlamentos del mundo cuando gran­des empresas mueven millones. Pero la opinion pública estaba ya saturada de actos innobles, de­masiada gente había quedado manchada, había recibido demasiadas denuncias y sentía la im­periosa necesidad de limpiarse con aire puro y creer en la inocencia de todos.
Pues bien, auguro que sucederá lo mismo con el caso Dreyfus, el segundo crimen social del antisemitismo. Una vez más, la prensa inmunda satura a la opinion pública con excesivas men­tiras a infamias. Se empeña demasiado en que las personas honradas sean bribones y que los bri­bones sean personas honradas. Lanza demasia­das patrañas que ya no se creen ni los niños. Se ve desmentida con demasiada frecuencia, ofende al sentido común y la integridad más elemental. Cualquier mañana, tras todo el lodo con que la han atiborrado, sentirá una repentina aversion y, fatalmente, acabará rebelándose. Y veréis cómo la prensa, al igual que en el caso de Panama, se volcará por completo en el caso Dreyfus, pedirá que se acabe la lista de traidores, exigirá la ver­dad y la justicia en una explosión de soberana generosidad. De este modo, el antisemitismo sera juzgado y condenado por sus obras, dos fa­tales episodios en los que el país perdió su dig­nidad y su salud.
Por eso, Francia, te lo suplico, vuelve en ti, enderézate sin más tardar. No pueden decirte la verdad, porque ahora se halla en manos de la justicia y ésta parece dispuesta a establecerla de una vez. Solo los jueces tienen la palabra, y el deber de hablar se impone sólo en el caso de que no se establezca toda la verdad. Sin embargo, esta verdad, que es tan simple, que fue primero un error y que después provocó tantos deslices cuando quisieron ocultarla, ¿no alcanzas a sos­pecharla? Los hechos hablaron con tanta cla­ridad que cada fase de la investigación resultó una confesión: el comandante Esterhazy fue ro­deado de protecciones inexplicables, trataron al coronel Picquart como a un culpable y lo col­maron de insultos, los ministros jugaron con las palabras, los periódicos oficiosos mintieron con vehemencia, la instrucción del caso se realizó casi a ciegas, con exasperante lentitud. ¿No te parece que algo huele mal, que algo huele a po­drido, y que, en realidad, si se dejan defender tan abiertamente por toda la chusma de Paris mientras la gente honesta exige la Verdad a costa de su tranquilidad, es porque tienen demasiadas co­sas que ocultar?
Despierta, Francia, piensa en tu gloria. ¿Cómo es posible que tu burguesía liberal y tu pueblo emancipado no vean a qué aberración la arrojan en esta crisis? No puedo creer que sean cómplices, y, si lo son, los están embaucando, pues no se dan cuenta de lo que se oculta detrás de todo eso: por una parte, la dictadura militar; por otra, la reacción clerical. ¿Eso quieres, Fran­cia, poner en peligro todo lo que tanto ha cos­tado lograr, la tolerancia religiosa, la justicia igual para todos, la solidaridad fraternal de todos los ciudadanos? Basta que existan dudas sobre la culpabilidad de Dreyfus y que le abandones en su tortura para que tu gloriosa conquista del De­recho y de la libertad se vea comprometida para siempre. ¡Sí, apenas quedaremos unos cuantos para decir estas cosas, tus hijos honrados no se alzarán para ponerse a nuestro lado, ni tampoco las mentes libres, los corazones generosos que fundaron la República y que deberían temblar al verla en peligro.
A ésos, Francia, apelo. ¡Que se unan, que es­criban, que hablen! ¡Que trabajen con nosotros para iluminar a la opinión pública, a los peque­ños y humildes, envenenados y llevados al delirio! El alma de la patria, su energia, su triunfo se hallan en la equidad y la generosidad.
Sólo me inquieta la posibilidad de que no se haga la luz por entero ni enseguida. Tras un su­mario secreto, un juicio a puerta cerrada no puede poner el punto final. Al contrario, daría pie a que comenzara el caso, pues habría que ha­blar, porque callarse significaría ser cómplice. ¡Qué locura creer que se puede impedir que se escriba la historia! Esta historia se escribirá y quien tenga alguna responsabilidad, por leve que sea, deberá pagar.
¡Y así se hará para tu gloria final, Francia, pues en el fondo no tengo miedo; sé que, por más que atenten contra tu razón y tu salud, tú serás siempre nuestro porvenir y siempre tendrás despertares triunfales de verdad y de justicia!

Yo acuso
Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República

Este texto se publicó en L'Aurore el 13 de enero de 1898.
La gente ignora que estas páginas se imprimieron primero como folleto, al igual que las dos cartas an­teriores. Cuando estaba a punto de poner el folleto a la venta, se me ocurrió que el escrito obtendría mayor resonancia y publicidad si lo publicaba en un perió­dico. L'Aurore había tomado ya partido, con una independencia y un valor admirables, y, natural­mente, me dirigí a él. Desde entonces, ese periódico se convirtió en mi refugio, en la tribuna de libertad y de verdad desde donde pude decir todo. Siento aún por su director, Monsieur Ernest Vaughan, un profundo agradecimiento. Después de que de ese número de L'Aurore se vendieran trescientos mil ejemplares, y tras las diligencias judiciales que siguieron, el folleto no salió del almacén. Así, al día siguiente del acto que había decidido y ejecutado, creí oportuno guardar silencio en espera de mi juicio y de las consecuencias que ya me imaginaba.


Señor presidente,
¿me permitirá usted, en agradecimiento por la benévola acogida que me dispensó un día, que me preocupe por su merecida gloria y que le diga que su estrella, tan afortunada hasta ahora, se ve amenazada por la más vergonzosa a imborrable de las manchas?
Ha salido usted indemne de las calumnias más rastreras, ha conquistado los corazones de la gente. Aparece usted radiante en la apoteosis de esa fiesta patriótica que ha sido para Francia la alianza rusa, y se dispone a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que co­ronará nuestro gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. No obstante, ¡qué mancha de lodo sobre su nombre ‑iba a decir sobre su reinado­- ha arrojado el abominable caso Dreyfus! Un consejo de guerra acaba de atreverse, por de­creto, a absolver a un individuo como Ester­hazy, supremo insulto a toda verdad, a toda jus­ticia. Se acabó, Francia ostenta ahora esa mancha en la mejilla y la historia escribirá que semejante crimen social fue posible bajo su presidencia.
Pero si ellos se atrevieron, yo también me atreveré. Diré la verdad, porque prometí decirla si no lo hacía plenamente y por entero la justicia. Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice. Mis noches se verían asediadas por el espectro del inocente que, padeciendo el más horrible suplicio, expira un crimen que no ha cometido.
Y a usted, señor presidente, le gritaré esa verdad, con toda la fuerza que me da mi rechazo de hombre decente. En su honor, quiero suponer que usted ignora esa verdad. ¿Y a quién pues, iba yo a denunciar esa pandilla malsana de verdaderos culpables sino a usted, el primer magistrado del país?
Ante todo, la verdad sobre el proceso y sobre la condena de Dreyfus.
Todo lo ha dirigido, todo lo ha realizado un hombre nefasto, el teniente coronel Du Paty de Clam, por entonces simple comandante. Él es prácticamente el caso Dreyfus; pero eso no se sa­brá hasta que una investigación leal establez­ca claramente sus actos y sus responsabilidades. Posee la mente más turbia, más enrevesada y obsesionada por intrigas novelescas que conozco, y se vale de recursos de folletín, de papeles roba­dos, cartas anónimas, citas en lugares desiertos, mujeres que, de noche, entregan pruebas con­tundentes. Él ideó dictar el escrito a Dreyfus; él propuso examinar a Dreyfus en un cuarto enteramente revestido de espejos; a él lo describe el comandante Forzinetti penetrando, provisto de una linterna velada, en la celda donde duerme el acusado para proyectarle bruscamente sobre la cara un chorro de luz y sorprender el crimen en sus labios con la emoción del despertar. No tengo por qué contarlo todo; que busquen, ya encontrarán. Declaro sencillamente que el co­mandante Du Paty de Clam, encargado de ins­truir el sumario del caso Dreyfus en calidad de oficial judicial, es, en lo relativo a fechas y res­ponsabilidades, el primer culpable del espantoso error judicial que se cometió.
Hacía tiempo que el escrito estaba en manos del coronel Sandherr, director del Bureau de Renseignements, quien falleció tras padecer una parálisis general. Se producían «pérdidas», desa­parecían papeles y aún hoy siguen desapare­ciendo; mientras buscaban al autor del escrito, se fue creando la idea preconcebida de que el autor sólo podía ser un oñcial del Estado Mayor, y además oficial de artillería: doble y manifiesto error, que demuestra con qué superficialidad es­tudiaron el escrito, pues un examen sensato de­muestra que no podia tratarse más que de un oficial de tropa.
Así pues, empezaron a buscar en casa, a exa­minar tipos de letra, como si de un asunto de familia se tratara, con la intención de sorpren­der a un traidor en las propias oficinas para ex­pulsarle. Entonces ‑no pretendo reconstruir ahora una historia en parte conocida‑, desde que la primera sospecha recae sobre Dreyfus, el comandante Du Paty de Clam entra en escena. A partir de ese momento, él fue quien se in­ventó a Dreyfus, el caso se convirtió en su caso, se empeñó en confundir al traidor, en arran­carle una confesión completa. Por supuesto, es­tán también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia parece mediocre; el jefe del Estado Mayor, el general De Boisdeffre, que da la impresión de haber sucumbido a su pasión clerical, y el subjefe de Estado Mayor, el general Gonse, cuya conciencia se acomodó a muchas cosas. Pero, en realidad, el que cuenta es el comandante Du Paty de Clam, que los maneja a todos, que los hipnotiza a todos, pues también siente afición por el espiritismo y las ciencias ocultas y conversa con los espíritus. Cuesta imaginar a qué experiencias sometió al infeliz Dreyfus, en qué trampas quiso hacer­le caer, qué descabelladas investigaciones, qué monstruosas imaginaciones; en suma, lo some­tió a una tortura demencial.
¡Ah, ese primer caso es como una pesadilla para quien conoce sus verdaderos detalles! El comandante Du Paty de Clam detiene a Dreyfus, lo incomunica. Corre a ver a Madame Drey­fus, la aterroriza, le dice que, si habla, su marido está perdido. Entretanto, el infeliz se mesa los cabellos, clama su inocencia. Y asi se procedió al sumario, como en una crónica del siglo XV, ro­deado de misterio, en medio de la confusión de informes crueles, y basándose en una única acu­sación infantil, ese estúpido escrito que no sólo equivalía a una traición vulgar, sino que, ade­más, era la más impúdica de las estafas, pues casi todos los célebres secretos que en él se revelaban carecían de valor. Mi insistencia se debe a que ése es el meollo de la cuestión, de donde saldrá más tarde el verdadero crimen, la espantosa falta de justicia que aqueja a Francia. Me gustaría de­jar bien sentado de qué modo se llegó al error judicial, cómo nació de las maquinaciones del comandante Du Paty de Clam, de qué manera el general Mercier y los generales De Boisdeffre y Gonse pudieron dejar que poco a poco los en­redaran y comprometieran sus responsabilidades en ese error, error que más adelante se sintieron obligados a imponer como la sacrosanta verdad, que no admite discusión. Asi pues, al principio, no hay más que incuria y falta de inteligencia por parte de esos hombres. A lo sumo, se les ve ceder a las pasiones religiosas del ambiente y a los prejuicios del corporativismo. Ellos permitie­ron que se cometiera el disparate.
Ya tenemos a Dreyfus ante el consejo de guerra. Se exigió que fuera a puerta cerrada. No se tomarían medidas de silencio y de misterio más rigurosas para un traidor que hubiese abierto la frontera al enemigo para dejar al em­perador alemán el paso libre hasta Notre Dame. La nación se halla estupefacta, la gente susurra hechos terribles, traiciones monstruosas, de esas que indignan a la Historia; y, por supuesto, la nación se inclina. Ningún castigo será lo bas­tante severo, la nación aplaudirá la degradación pública, exigirá que el culpable, devorado por los remordimientos, permanezca en su infamante is­lote. ¿Serán verdad esas cosas inconfesables y pe­ligrosas, capaces de hacer arder a Europa, que hubo que ocultar cuidadosamente tras ese juicio a puerta cerrada? ¡No! Detrás no hubo nada salvo la imaginación novelesca y demencial del comandante Du Paty de Clam. Todo ese enredo no tuvo otro fin que el de ocultar la novela fo­lletinesca más absurda. Para comprobarlo, basta con estudiar atentamente el acta de acusación, leída ante el consejo de guerra.
En el acta de acusación no había nada. Que hayan podido condenar a un hombre basándose en esa acta es un prodigio de iniquidad. Dudo que la gente honrada pueda leerla sin que su co­razón salte de indignación ni proteste a gritos al pensar en aquella desmesurada expiación, a11á, en la isla del Diablo. Dreyfus sabe varios idio­mas, crimen; no encontraron en su casa ningún documento comprometedor, crimen; visita en ocasiones su país de origen, crimen; es trabaja­dor, se preocupa por enterarse de todo, crimen; no pierde la calma, crimen; pierde la calma, crimen. ¡Y esa redacción llena de ingenuida­des, esos vacuos asertos formales! Nos habían hablado de catorce cargos acusatorios: no encon­tramos más que uno, el del escrito; nos entera­mos incluso de que los expertos no estaban de acuerdo, de que uno, Monsieur Gobert, fue amonestado de manera terminante porque no se decidía a sacar conclusiones en el sentido de­seado. Se comentaba también que habían acu­dido veintitrés oficiales para hundir a Dreyfus con sus testimonios. Desconocemos los interro­gatorios, pero parece seguro que no todos decla­raron en contra; conviene mencionar además que todos pertenecían al Ministerio de la Gue­rra. Es un proceso en familia, están como en casa. No hay que olvidarlo: el Estado Mayor quiso el juicio, juzgó a Dreyfus y acaba de juz­garlo por segunda vez.
Por lo tanto, sólo quedaba el escrito, y los expertos no se pusieron de acuerdo. Cuentan que, en la sala de deliberación, los jueces, natu­ralmente, se disponían a absolver. ¡Qué fácil es comprender ahora la desesperada obstinación con la que hoy, para justificar la condena, se afirma la existencia de una prueba secreta, abru­madora, una prueba que no se puede enseñar, que lo legitima todo, ante la que hemos de in­clinarnos, Dios invisible a incognoscible! ¡Niego esa prueba, la niego con todas mis fuerzas! Una prueba ridícula, sí, tal vez la prueba donde se ha­bla de mujerzuelas y que alude a un tal D. que se ha vuelto demasiado exigente: sin duda algún marido que opina que no pagan lo suficiente a su mujer. ¡Pero no una prueba que afecte a la de­fensa nacional, que no se podría revelar sin que al día siguiente se declarara la guerra! ¡No y no! ¡Mentira! Y lo más odioso, lo más cínico, es que mienten impunemente sin que nadie pueda de­mostrárselo. Alborotan a Francia, se amparan en la legítima emoción de ésta, acallan las bocas tras turbar los corazones y pervertir las mentes. No conozco mayor delito cívico.
Éstos son, señor presidente, los hechos que explican cómo pudo cometerse un error judicial; y las pruebas morales, la situación económica de Dreyfus, la ausencia de motivos, su continuo grito de inocencia, acaban por mostrárnoslo como una víctima de la extraordinaria imagi­nación del comandante Du Paty de Clam, del ambiente clerical que lo rodeaba, de esa caza a los «cochinos judíos» que deshonra nuestros tiempos.

Llegamos ya al caso Esterhazy. Han trans­currido tres años, muchas conciencias siguen profundamente turbadas, se inquietan, buscan y acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus.
No voy a narrar la trayectoria de dudas y posterior convicción de Monsieur Scheurer­Kestner. Sin embargo, mientras él investigaba por su lado, graves hechos ocurrían en el propio Estado Mayor. Había muerto el coronel San­dherr, y el teniente coronel Picquart le había su­cedido como jefe del Bureau de Renseigne­ments. Un día, hallándose éste en funciones, cayó en sus manos una carta‑telegrama enviada al comandante Esterhazy por un agente de una potencia extranjera. Su estricto deber era abrir una investigación. Lo cierto es que nunca obró al margen de la voluntad de sus superiores. Con­fió, pues, sus sospechas a éstos, al general Gonse, al general De Boisdeffre y, por fin, al general Bi­llot, quien había sucedido al general Mercier como ministro de la Guerra. El famoso expe­diente Picquart, del que tanto se ha hablado, nunca ha sido más que el expediente Billot, o sea, un expediente realizado por un subordinado para su ministro, expediente que aún debe de hallarse en el Ministerio de la Guerra. Las pes­quisas se prolongaron de mayo a septiembre de 1896, y lo que hay que afirmar en voz alta es que el general Gonse estaba convencido de la cul­pabilidad de Esterhazy y que ni el general De Boisdeffre ni el general Billot ponían en duda que el escrito fuera de puño y letra de Esterhazy. La investigación del teniente coronel Picquart había llevado a esa evidente constatación. Pero se produjo una enorme conmoción, ya que la condena de Esterhazy acarrearía inevitablemente la revisión del caso Dreyfus; y el Estado Mayor no quería eso a ningún precio.
Debió de darse entonces un minuto psico­lógico lleno de angustia. Observe que el general Billot no estaba en absoluto comprometido, aca­baba de llegar, podía establecer la verdad. No se atrevió, sin duda por miedo a la opinión pública y por temor a implicar a todo el Estado Mayor, al general De Boisdeffre, al general Gonse, sin contar a los subordinados. Después, no hubo más que un minuto de lucha entre su conciencia y lo que creyó que era el interés militar. Pasó el minuto y fue ya demasiado tarde. Se había com­prometido, se había embarcado. Desde entonces su responsabilidad no ha hecho más que aumen­tar, cargo con el delito de los demás, se ha vuelto tan culpable como los otros, más culpable aún, pues fue dueño de hacer justicia y no hizo nada. ¿No lo entiende usted? ¡Hace ya un año que el general Billot, que los generales De Boisdeffre y Gonse saben que Dreyfus es inocente y han guardado para sí esa cosa atroz! ¡Y esa gente duerme y quiere a su mujer y a sus hijos!
El teniente coronel Picquart había cumplido con su deber como hombre honrado que era. Insistió ante sus superiores en nombre de la jus­ticia. Hasta les suplicó, les dijo cuán poco polí­ticos eran sus aplazamientos, previó la terrible tormenta que se avecinaba y que estallaría cuando se supiera la verdad. El mismo lenguaje utilizó después Monsieur Scheurer‑Kestner de­lante del general Billot cuando le exhortó a que, por patriotismo, se encargara personalmente del caso, a que no lo dejara agravarse hasta el punto de degenerar en un desastre público. ¡No! El cri­men se había cometido, el Estado Mayor no po­día ya confesar su delito. Trasladaron al teniente coronel Picquart, fueron alejándolo cada vez más, hasta Túnez, donde un día incluso quisie­ron honrar su valentía encomendándole una misión en el lugar en que halló la muerte el marqués de Mores, misión que seguramente hu­biera acabado con él. ¿Cómo creer que hubiera caído en desgracia si el general Gonse mantenía con él una correspondencia amistosa? Cierta­mente, hay secretos que más vale no haber des­cubierto.
En Paris, la verdad avanzaba, irresistible, y ya sabemos de qué modo estalló la esperada tor­menta. Monsieur Mathieu Dreyfus denunció al comandante Esterhazy, acusándolo de ser el au­tor verdadero del escrito, en el momento en que Monsieur Scheurer‑Kestner se disponía a entre­gar al ministro de justicia una petición de revi­sion del proceso. Entra entonces en escena el comandante Esterhazy. Algunos testigos lo pre­sentan al principio trastornado y dispuesto a sui­cidarse o a huir. Después, súbitamente, se vuelve audaz y asombra a París por su violenta actitud. Era evidente que le habían llegado apoyos; ha­bía recibido una carta anónima que le advertia de las intrigas de sus enemigos a incluso una no­che una misteriosa dama se molestó en devol­verle una prueba, robada al Estado Mayor, que lograría salvarle. No puedo evitar ver tras todo esto al teniente coronel Du Paty de Clam, pues conozco las artimañas de su fértil imaginación. Su obra, la culpabilidad de Dreyfus, se hallaba en peligro y seguramente quiso defenderla. ¿Re­visión del caso? ¡Seria el hundimiento del trá­gico y extravagante folletin cuyo abominable de­senlace se desarrolla en la isla del Diablo! ¡Y él no podía consentir eso! A partir de ese instante tendrá lugar un duelo entre el teniente coronel Picquart y el teniente coronel Du Paty de Clam, uno a rostro descubierto, el otro enmascarado. Volveremos a encontrárnoslos poco después ante la justicia civil. En el fondo, el Estado Ma­yor sigue defendiéndose, se niega a confesar su delito, cuya abominación crece por momentos.
La gente se preguntaba estupefacta quiénes protegían al comandante Esterhazy. El primer protector, en la sombra, era el teniente coronel Du Paty de Clam, quien lo maquinó y lo orga­nizó todo. Su actuación se delata por lo absurdo de sus recursos. Después está el general De Bois­deffre, el general Gonse y el mismo general Bi­llot, que se ven obligados a absolver al coman­dante, ya que no pueden dejar que se reconozca la inocencia de Dreyfus sin que todo el Minis­terio de la Guerra se hunda en el desprecio pú­blico. Y lo más gordo de esa prodigiosa situa­ción es que la única persona honesta en todo eso, el teniente coronel Picquart, el único que cumplió con su deber, acabará convirtiéndose en una victima y sobre él caerán la befa y el castigo.
¡Oh, justicia, qué horrible desaliento nos invade el alma! Se atreverán a decir que él es el falsario, el que ha creado la carta‑telegrama para culpar a Esterhazy. Pero ¡santo cielo! ¿Por qué? ¿Con qué objeto? Déme usted un motivo. ¿O es que el teniente coronel Picquart también está pagado por los judíos? Lo bueno del caso es que preci­samente era antisemita. ¡Sí! Asistimos a un in­fame espectáculo, hombres cubiertos de deudas y crímenes que ven proclamada su inocencia mientras se destruye el honor mismo, se des­truye a un hombre sin mácula. Cuando una so­ciedad llega a esos extremos, entra en descom­posición.
Éste es, señor presidente, el caso Esterhazy: un culpable que convenía declarar inocente. Desde hace casi dos meses, podemos seguir hora a hora esa hermosa labor. Abrevio, porque aquí sólo se trata de resumir la historia cuyas páginas, unas páginas que queman las manos, se escribi­rán algún día en toda su extension. Vimos, pues, cómo el general De Pellieux, y después el co­mandante Ravary, dirigían una investigación perversa de la que los sinvergüenzas salían trans­figurados, y los honrados, mancillados. Luego se convocó el consejo de guerra.

¿Quién podía esperar que un consejo de gue­rra deshiciera lo que otro consejo de guerra ha­bía hecho?
Ya no me refiero siquiera a la elección de los jueces. La idea superior de disciplina que llevan en la sangre esos soldados, ¿no basta para in­validar su capacidad de equidad? Quien dice disciplina dice obediencia. Después de que el ministro de la Guerra, el gran jefe, estableciera públicamente, entre aclamaciones de los repre­sentantes de la nación, la autoridad de lo ya juz­gado, ¿cómo queréis que un consejo de guerra lo desmienta rotundamente? Desde un punto de vista jerárquico, resulta imposible. El general Bi­llot sugestionó a los jueces con su declaración, y éstos juzgaron como si tuvieran que tirarse al fuego, sin razonar. La opinion preconcebida que alegaron desde sus sitiales fue, evidentemente, la siguiente: «Dreyfus fue condenado por delito de traición por un consejo de guerra, por lo tanto es culpable; y nosotros, un consejo de guerra, no podemos declararlo inocente; sabemos, pues, que reconocer la culpabilidad de Esterhazy sería proclamar la inocencia de Dreyfus». Nadie po­día quitarles esa idea de la cabeza.
Pronunciaron una sentencia inicua, que pe­sará para siempre sobre nuestros consejos de guerra y que desde ahora volverá sospechosa cualquier decision que se tome. Si el primer con­sejo de guerra pudo pecar por falta de inteligen­cia, el segundo es, por fuerza, criminal. Su ex­cusa, lo repito, reside en que el jefe supremo había declarado que lo juzgado era inatacable, sacrosanto y superior a los hombres, de modo que unos subordinados no pudieran decir lo contrario. Nos hablan del honor del ejército, quieren que lo amemos, que lo respetemos. ¡Ah, el ejército que se alzaría a la primera amenaza, que defendería el suelo francés, ese ejército es todo el pueblo y por ese ejército, sí, no sentimos más que afecto y respeto! Pero no es ése el ejér­cito cuya dignidad deseamos en nuestro afán de justicia. Se trata del sable, el amo que quizá nos den mañana. Y besar con unción la empuñadura del sable‑Dios, ¡eso no!
Por otra parte, lo he demostrado: el caso Dreyfus era el caso de los servicios del Ministe­rio de la Guerra; un oficial del Estado Mayor, denunciado por sus compañeros de Estado Ma­yor, condenado bajo la presión de los jefes del Estado Mayor. Una vez más, no pueden decla­rarlo inocente sin culpar a todo el Estado Ma­yor. Por eso, los servicios del Ministerio, me­diante todos los recursos imaginables, campañas de prensa, comunicados, influencias, apoyaron a Esterhazy para perder por segunda vez a Dreyfus. ¡Qué limpieza debiera hacer el Gobierno re­publicano en esa jesuitera, como la llama el mismo general Billot! ¿Dónde está el gabinete auténticamente fuerte y de prudente patriotismo que se atreva a refundirlo y a renovarlo todo? ¡Conozco a tanta gente que, ante la posibilidad de una guerra, tiembla acongojada al saber en qué manos se halla la defensa nacional! ¡Y en qué nido de ruines intrigas, de comadreos y di­lapidaciones se ha convertido ese asilo sagrado donde se decide la suerte de la patria! ¡Da pá­nico enfrentarse a la terrible luz que acaba de provocar el caso Dreyfus, ese sacriñcio humano de un infeliz, de un «cochino judio»! ¡Ah!, cuánta agitación de necios y dementes, cuántas imaginaciones desbordadas, prácticas de policía barata, de inquisición y tiranía, el capricho de unos cuantos con galones que aplastan con sus botas a la nación, haciéndole tragar su grito de verdad y de justicia bajo el falaz y sacrílego pre­texto de la razón de Estado.
También es un crimen haberse apoyado en la prensa inmunda, haberse dejado defender por toda la chusma de Paris, que triunfa, insolente, al venirse abajo el derecho y la simple honesti­dad. Es un crimen haber acusado de perturbar a Francia a quienes la desean generosa, a la cabeza de las naciones libres y justas, cuando precisamente en su interior se urde el impúdico com­plot para imponer el error ante el mundo entero. Es un crimen desorientar a la opinion pública, utilizar para una campaña mortal a esa opinion pública que han pervertido hasta lograr que de­lirara. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes, enardecer las pasiones reaccio­narias a intolerantes que se ocultan tras ese odio­so antisemitismo que provocará la muerte de la gran Francia liberal de los derechos del hombre, si antes no la curan. Es un crimen explotar el pa­triotismo para fomentar el odio y, en fin, es un crimen hacer del sable el Dios moderno cuando toda la ciencia humana trabaja para la obra ve­nidera de verdad y justicia.
Esa verdad, esa justicia que con tanta pasión deseamos, ¡qué desaliento ver cómo las abofe­tean hasta desfigurarlas y alienarlas! Sospecho qué desmoronamiento estará produciéndose en el alma de Monsieur Scheurer‑Kestner, y estoy seguro de que acabará por arrepentirse de no ha­ber adoptado una actitud revolucionaria el día de la interpelación ante el Senado y de no haber soltado cuanto llevaba dentro para acabar de una vez con todo. Ha sido un hombre grande y hon­rado, leal, ha creído que la verdad se bastaba a sí misma, sobre todo porque le parecía clara como el día. ¿De qué servia trastornarlo todo si pronto luciría el sol? Ahora sufre el castigo cruel de esa confiada serenidad. Lo mismo ocurre con el teniente coronel Picquart, quien, movido por un sentimiento de elevada dignidad, no quiso publicar las cartas del general Gonse. Esos escrú­pulos le honran tanto más cuanto que, mientras él seguía respetando la disciplina, sus superiores le cubrían de lodo a instruían el proceso perso­nalmente, de la manera más inesperada y más ultrajante. Dos víctimas, dos seres honestos, dos corazones simples, se encomendaron a Dios mientras actuaba el diablo. En el caso del te­niente coronel Picquart, llegamos a presenciar además un espectáculo innoble: un tribunal francés, tras dejar que el ponente declarara pú­blicamente en contra de un testigo y le acusara de todos los cargos posibles, mandó despejar la sala cuando el testigo fue introducido para que se explicase y se defendiese. Afirmo que éste es un crimen más y que ese crimen sublevará la conciencia universal. Decididamente, los tribu­nales militares poseen una idea muy singular de la justicia.
Ésta es pues la verdad pura y simple, señor presidente. Es espantosa, y quedará siempre como una mancha de su presidencia. Sospe­cho que carece usted de poder alguno en este caso, que es usted esclavo de la Constitución y de aquellos que le rodean. No por eso deja usted de tener, en tanto que hombre, un deber que no podrá olvidar y que tendrá que cumplir. Eso no significa que yo, por mi parte, desconfie del triunfo. Lo repito con una certeza aún más ve­hemente: la verdad está en marcha y nada la de­tendrá. El caso no ha comenzado hasta hoy, pues sólo hoy las posiciones están claras: de un lado, los culpables que no quieren que se haga la luz; del otro, los justicieros que darán su vida por que se haga. Lo dije en otro lugar y lo repito aquí: cuando se oculta la verdad bajo tierra, ésta se concentra, adquiere tal fuerza explosiva que, el día en que estalla, salta todo con ella. Ya ve­remos si no acaba de fraguarse más adelante el más estrepitoso desastre.

Pero la carta se alarga, señor presidente, y ya va siendo hora de concluir.
Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más desca­belladas y delictivas maquinaciones.
Acuso al general Mercier de haberse he­cho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo.
Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa hu­manidad y de lesa justicia con fines politicos y para salvar al Estado Mayor, que se vela com­prometido en el caso.
Acuso al general De Boisdeffre y al general Gonse de ser cómplices del mismo delito, el uno sin duda por apasionamiento clerical, el otro quizá por ese corporativismo que convierte al Ministerio de la Guerra en un lugar sacrosanto, inatacable.
Acuso al general De Pellieux y al coman­dante Ravary de haber realizado una investiga­ción perversa, esto es, una investigación mons­truosamente parcial que nos depara, con el informe del segundo, un imperecedero monu­mento de cándida audacia.
Acuso a los tres expertos en escrituras, los ca­balleros Belhomme, Varinard y Couard, de ha­ber redactado informes mendaces y fraudulen­tos, a menos que una revision médica declare que estos señores padecen una enfermedad de la vista o mental.
Acuso a los servicios del Ministerio de la Guerra de haber promovido en la prensa, parti­cularmente en L'Éclair y en L'Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinion pública y encubrir sus propios errores.
Acuso, por ultimo, al primer consejo de gue­rra de haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que permane­ció secreta, y acuso al segundo consejo de guerra de haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absol­ver conscientemente a un culpable.
Al lanzar estas acusaciones, no ignoro que me expongo a que se me apliquen los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que castiga los delitos de difamación. Pero me arriesgo voluntariamente.
En cuanto a las personas a las que acuso, no las conozco, nunca las he visto, no siento hacia ellas ni rencor ni odio. Para mí sólo son entes, espíritus de perversion social. Y el acto que ahora ejecuto no es más que un medio revolu­cionario para acelerar la explosion de la verdad y de la justicia.
Solo ahnelo una cosa, y es que se haga la luz en nombre de la humanidad que tanto ha su­frido y que tiene derecho a la felicidad. Mi ar­diente protesta no es sino un grito que me surge del alma. ¡Que se atrevan, pues, a llevarme ante los tribunales y que la investigación tenga lugar a plena luz del día!
Entretanto, espero.
Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto.


Declaración ante el jurado

Fue publicada en L'Aurore el 22 de febrero de 1898. Había leído estas páginas el día antes, el 21 de febrero, ante el jurado que debía condenarme. El 13 de enero, el mismo día en que apareció mi Carta al presidente de la República, la Cámara decidió iniciar diligencias judiciales contra mí por 312 votos contra 122. El 18, el general Billot, ministro de la Guerra, puso la denuncia en manos del ministro de Justicia. El 20, recibí la citación, que, de toda mi carta, sólo mencionaba quince líneas. El 7 de febrero se iniciaron las vistas y ocuparon quince sesiones, hasta el 23, día en que fui condenado a un año de cárcel y a pagar una multa de tres mil francos. Por su parte, los tres expertos, los caballeros Belhomme, Va­rinard y Couard, me denunciaron por difamación.

Señores del jurado,
en la Cámara, en la sesión del 22 de enero, Monsieur Méline, presidente del Consejo de Ministros, declaró, entre los aplausos frenéticos de una complaciente mayoría, que no desconfiaba de los doce ciudadanos en cuyas manos ponía la defensa del ejército. A ustedes se refería, señores. Y del mismo modo que el general Billot dictó desde el estrado su sentencia al consejo de gue­rra encargado de absolver al comandante Ester­hazy, dando a unos subordinados la consigna militar de respetar sin discusión lo ya juzgado, también Monsieur Méline ha decidido ordenar­les que me condenen en nombre del respeto al ejército, acusándome de haberlo ultrajado. De­nuncio, ante la conciencia de la gente decente, esta presión que los poderes públicos ejercen so­bre la justicia del país. Son abominables costum­bres políticas que deshonran a una nación libre.
Ya veremos, señores, si ustedes se disponen a obedecer esa orden. Pero no es cierto que yo esté aquí, ante ustedes, por voluntad de Mon­sieur Méline. Éste ha cedido a la necesidad de perseguirme llevado básicamente por una gran preocupación, el terror a que se dé un nuevo paso hacia la verdad. Todo el mundo lo sabe. Si estoy ante ustedes es porque he querido. Yo, y sólo yo, decidí que había que llevar este oscuro y monstruoso caso ante su jurisdicción, y sólo yo, por iniciativa propia, les elegí a ustedes, la mayor y más directa emanación de la justicia francesa, para que Francia se entere de todo y se pronuncie. Mi acto no tiene otro objetivo y mi persona no es nada, la sacrifico, pues me siento satisfecho de haber puesto en manos de ustedes no solo el honor del ejército, sino el honor, ahora amenazado, de toda la nación.
Me absolverían, pues, si en sus conciencias se hubiera hecho ya del todo la luz. Si no hay tal luz, no sería culpa mía. Estaría yo soñando cuando pensé que podría mostrarles todas las pruebas y les consideré los únicos dignos de ellas, los únicos competentes. Empezaron por quitarles a ustedes por un lado lo que parecía llegarles por el otro. Simulaban aceptar su competencia, pero mientras confiaban en ustedes para vengar a los miembros de un consejo de guerra, otros oficia­les permanecían intocables, más allá de vuestra misma justicia. Entiéndalo quien pueda. Es el absurdo al que lleva la hipocresía, y de ello se desprende, con toda evidencia, que han tenido miedo de su sentido común, que no se han atre­vido a correr el riesgo de dejarnos a nosotros de­cirlo todo y dejarles a ustedes juzgarlo todo. Ellos dicen que quisieron acotar el escándalo; ¿qué piensan ustedes de ese escándalo, de ese acto mío que consistía en hacerles entrega del caso, en querer que fuese el pueblo, encarnado en sus personas, quien juzgara? Afirman también que no podían aceptar una revisión camu­flada del caso, y de ese modo no hacen sino confesar que, en el fondo, lo único que temen es el control soberano que ustedes ejercen. Us­tedes son los máximos representantes de la ley; y esa ley del pueblo elegido fue la que deseé, la que respeto profundamente como buen ciuda­dano, y no los sospechosos procedimientos con los que creían burlarse de ustedes.
Sírvame esto de disculpa, señores, por ha­berles sacado de sus ocupaciones y no haber sido capaz de aportarles la luz que me proponía ha­cer resplandecer. La luz, toda la luz, ése fue mi único y apasionado anhelo. Estas sesiones aca­ban de demostrarlo: hemos tenido que luchar paso a paso contra un deseo obstinado de ocul­tación. Ha sido preciso un combate para arran­car cada retazo de verdad; lo hemos discutido todo, nos lo han negado todo, han aterrorizado a nuestros testigos con ánimo de impedir que aportaran pruebas. Y hemos luchado sólo por ustedes, para que ustedes dispusieran por entero de esa prueba, para poder pronunciarse sin re­mordimiento alguno, en conciencia. Por lo tanto, estoy seguro de que ustedes tendrán en cuenta nuestros esfuerzos y de que, además, se ha conseguido aclarar un poco más este caso. Ya han oído a los testigos, ahora oirán a mi defensor, que les contará la verdadera historia, esa his­toria que solivianta a todo el mundo y que nadie conoce. Me siento tranquilo, la verdad está ahora en ustedes, y actuará.
Así pues, Monsieur Méline creyó imponerles a ustedes el veredicto al confiarles el honor del ejército. En nombre de ese mismo honor del ejército apelo yo ahora a la justicia de este ju­rado. Desmiento rotundamente lo que dijo Monsieur Méline, nunca ultrajé el ejército. En cambio, he declarado mi cariño y mi respeto por la nación en armas, por nuestros queridos sol­dados de Francia, que se alzarían a la primera amenaza y que defenderían el suelo francés. Asi­mismo, es falso que haya atacado a sus superio­res, a los generales que les llevarían a la victoria. ¿Acaso decir que algunos miembros concretos del Ministerio de la Guerra han comprometido con sus actuaciones al mismo ejército es insultar el ejército entero? ¿No será más bien digno de un buen ciudadano salvaguardar al ejército de todo compromiso y lanzar el grito de alarma para que los errores ‑los únicos por los que nos vemos enfrentados‑ no vuelvan a producirse ni nos lleven a nuevas derrotas? De todos modos, no voy a defenderme; prefiero que la historia se ocupe de juzgar mi acto, un acto que era nece­sario. Sin embargo, afirmo que están deshonrando al ejército al permitir que la policía pro­teja al comandante Esterhazy después de las abominables cartas que ha escrito. Afirmo que a ese valiente ejército lo están insultando cada día unos ladrones que, so pretexto de defenderlo, lo ensucian con su ruin complicidad, arrastrando por el barro todo lo bueno y grande que aún po­see Francia. Afirmo que son ellos los que des­honran a ese gran ejército nacional cuando mez­clan los gritos de «¡Viva el ejército!» con los de «¡Mueran los judíos!». Y han gritado también: «¡Viva Esterhazy!». ¡Por Dios!, el pueblo de san Luis, de Bayard, de Condé y de Hoche, el pue­blo de las grandes guerras de la República y del Imperio, el pueblo que ha deslumbrado al uni­verso con su fuerza, su gracia y su generosidad, ese pueblo ha gritado: «¡Viva Esterhazy!». Es un oprobio que sólo puede lavarse con nuestro es­fuerzo en pro de la verdad y la justicia.
Ya conocen la leyenda que se ha creado. Dreyfus fue condenado justa y legalmente por siete oficiales infalibles, de quienes no podemos dudar sin insultar el ejército entero. Dreyfus ex­pía su abominable fechoría mediante una ven­gadora tortura. Y, como es judío, se creó una cofradía judía, una cofradía internacional de hombres sin patria que disponían de centenares de millones, con objeto de salvar al traidor aun a costa de las más impudentes maniobras. A par­tir de entonces, esa cofradía empezó a acumular crímenes: compró conciencias, sumió a Francia en una criminal agitación, decidido a venderla al enemigo, a hundir a Europa en el desastre de una guerra, antes que renunciar a sus espantosos designios. Sí, muy sencillo, o mejor dicho, muy infantil y necio, como ustedes pueden ver. No obstante, con ese pan emponzoñado alimenta la prensa desde hace meses a nuestro pueblo. Y nada tiene de extraño que se produzca una crisis desastrosa, pues cuando hasta tal punto se siem­bra estulticia y embuste, forzosamente se cose­cha demencia.
Por supuesto, señores, no quiero insultarles pensando que hasta ahora han dado ustedes cré­dito a ese cuento chino. Les conozco, sé quiénes son. Encarnan ustedes el corazón y el discer­nimiento de Paris, de mi gran Paris, la ciudad donde nací, a la que amo con infinito cariño, a la que estudio y canto desde hace casi cuarenta años. Y también sé lo que cruza en este mo­mento sus mentes; porque, antes de venir a sen­tarme aquí, como acusado, me he sentado ahí, en el banco que ustedes ocupan. Representan a la opinión de la mayoría, aspiran a ser la cordura y la justicia de la masa. Dentro de poco me ha­llaré con el pensamiento entre ustedes, en la sala de deliberaciones, y estoy convencido de que tratarán de salvaguardar sus intereses como ciu­dadanos, que son, naturalmente, según ustedes, los intereses de la nación entera. Podrán equi­vocarse, pero errarán si piensan que, al asegurar el bien de ustedes mismos, aseguran el bien de todos.
Puedo verles en su hogar, por la noche, bajo la luz de la lámpara; puedo oír cómo charlan con sus amigos, les acompaño por sus talleres y por sus tiendas. Todos ustedes son trabajadores, comerciantes unos, industriales otros, y algunos ejercen profesiones liberales. A ustedes les in­quieta, inquietud muy legítima, el estado deplo­rable en que se hallan las finanzas. En todas partes, la crisis actual amenaza con convertirse en un desastre, disminuyen los ingresos, y las transacciones comerciales se vuelven cada vez más dificiles. De modo que la preocupación que les trajo aquí y que leo en sus rostros es la de que están hartos y que hay que acabar de una vez. No están aún entre los muchos que dicen: «¿Qué nos importa que haya un inocente en la isla del Diablo? Por el interés de uno solo, ¿val­drá la pena turbar de esa manera a un gran país?». Con todo, piensan ustedes que nuestra agitación, la de los que tienen sed de verdad y justicia, se está pagando a un precio demasiado alto si se compara con todo el mal que, según nuestros acusadores, hacemos. Y si me conde­nan, señores, no habrá en su veredicto más que el deseo de calmar a los suyos, la necesidad de que florezcan sus negocios, la creencia de que, al condenarme, detendrán una campaña reivindicativa perjudicial para los intereses de Francia.
Pues bien, señores, se equivocarían de todas todas. Háganme el honor de creer que no estoy aquí para defender mi libertad. Si me condenan, no lograrán más que engrandecerme. Quien su­fre por la verdad y la justicia, pasa a ser augusto y sagrado. Mírenme, señores, ¿tengo cara de vendido, de embustero y de traidor? ¿Por qué, pues, actuaría como lo hago? No me mueve la ambición política ni la pasión de un sectario. Soy un escritor libre que ha dedicado su vida al trabajo, que mañana se reintegrará a su condi­ción y que proseguirá la tarea interrumpida. ¡Y qué necios son los que me llaman «el Italiano», a mí, nacido de madre francesa, educado por abuelos de La Beauce, campesinos de esa recia tierra, a mí, que perdí a mi padre a los siete años, que no fui a Italia hasta la edad de cincuenta y cuatro años y sólo con objeto de documentarme para un libro. Ello no impide que me sienta muy orgulloso de que mi padre fuera oriundo de Venecia, esa resplandeciente ciudad cuya antigua gloria permanece aún en todos los recuerdos. Y aun así, si no fuera francés, ¿acaso los cuarenta volúmenes en lengua francesa, de los que corren millones de ejemplares por el mundo entero, no bastan para hacer de mí un francés, útil a la glo­ria de Francia?
Por lo tanto, no me defiendo. Pero ¡qué error cometerían si creyeran que, al condenarme, res­tablecerían el orden en nuestro infortunado país! ¿No comprenden ahora que el país muere de la oscuridad en que se empeñan en sumirlo, del equívoco en que agoniza? Los errores de los go­bernantes se amontonan sobre otros errores, las mentiras traen nuevas mentiras, de modo que el cúmulo llega a ser espantoso. Se ha cometido un error judicial y desde entonces, para disimularlo, no ha habido más remedio que cometer cada día un nuevo atentado contra la sensatez y la equi­dad. La condena de un inocente conllevó la ab­solución de un culpable; y hoy les piden que me condenen a mí porque grité mi angustia al ver que la patria se encaminaba hacia un destino atroz. ¡Pues condénenme!, pero sera un error más, otro más, un error con cuyo peso cargarán ustedes en la historia futura. Mi condena, en lugar de traer la paz que desean, que deseamos todos, no sera más que una nueva semilla de pasión y desorden. El vaso está colme, se lo ase­guro, no hagan que se desborde.
¿Cómo no son ustedes plenamente cons­cientes de la terrible crisis por la que atraviesa el país? Algunos dicen que somos los autores del escándalo, que los amantes de la verdad y de la justicia son quienes perturban la nación, quienes provocan los alborotos. Decir eso equivale a burlarse de la gente. ¿Acaso no está informado el general Billot, por no citar a otros, desde hace ya dieciocho meses? ¿Acaso no le instó el coro­nel Picquart a que se ocupara personalmente de la revision si no quería que estallara la tormenta y se trastornara todo? ¿No le suplicó Monsieur Scheurer‑Kestner, con lágrimas en los ojos, que pensara en Francia, que evitara tamaña catás­trofe? ¡No! Nuestro deseo fue dar facilidades, quitarle hierro al asunto, y, si el país está angus­tiado, el responsable es el poder, que, en su afán por ocultar a los culpables y movido por inte­reses politicos, se negó a todo creyendo que ten­dría bastante fuerza para impedir que se hiciera la luz. Desde aquel día, se ha limitado a manio­brar en la sombra, a favor de las tinieblas, y él, solo él, es responsable del violento malestar en que se sumen las conciencias.
¡Ah, señores, qué pequeño se nos antoja el caso Dreyfus en estos momentos, qué perdido y qué lejano con respecto a los aterradores proble­mas que ha suscitado! Ya no hay caso Dreyfus, ahora solo se trata de saber si Francia sigue siendo la Francia de los derechos del hombre, la que dio la libertad al mundo, la que debía darle la justicia. ¿Somos aún el pueblo más noble, más fraternal, más generoso? ¿Conservamos en Eu­ropa nuestro renombre de equidad y humani­dad? Además, ¿no son precisamente nuestras conquistas las que ahora están en tela de juicio? Abran los ojos y comprendan de una vez que, para que Francia se halle en tal confusion, ha de sentirse sublevada en lo más hondo de su alma y alarmada a la vista de un temible peligro. Un pueblo no se desquicia de ese modo sin que su vida moral se vea amenazada. El momento re­viste excepcional gravedad, y está sobre el tapete la salvación del país.
Y cuando hayan entendido esto, señores, comprenderán que solo existe una solución po­sible: decir la verdad, impartir justicia. Todo aquello que retrase la llegada de la luz, todo lo que añada tinieblas a las tinieblas, no hará sino prolongar la crisis. La misión de los buenos ciu­dadanos, de los que sienten el imperativo de aca­bar de una vez, consiste en exigir la plena luz. Empezamos a ser muchos los que así lo creemos. Los hombres de letras y de ciencia, los filósofos, se alzan por todas partes en nombre de la inteligencia y de la razón. Y ya no hablo del extrarjero, del temblor que ha sacudido a toda Europa. ­Sin embargo, el extranjero no tiene por qué ser el enemigo. No hablemos de aquellos que mañana puedan ser nuestros adversarios. Pero Rusia nuestra gran aliada, la pequeña y generosa Holanda, todos los simpáticos pueblos del Norte esas tierras de lengua francesa, Suiza y Bélgica ¿por qué tendrán hoy el corazón oprimido, desbordante de fraternal sufrimiento? ¿Sueñan ustedes con una Francia aislada del mundo? ¿Quieren que, al cruzar la frontera, ya nadie les sonra í­por su legendaria fama de equidad y humanidad?
¡Qué desgracia, señores! Tal vez ustedes, como tantos otros, estén esperando la chispa provocadora, la prueba de la inocencia de Drey­fus, que caería del cielo como un trueno. La ver­dad no suele revelarse así, exige investigación e inteligencia. Y sabemos muy bien dónde está la prueba de esa verdad. Pero sólo la recordamos en la intimidad, y nuestra angustia por la patria nos hace temer que quizás algún día, tras haber comprometido el honor del ejército con una mentira, recibamos la violenta respuesta a esa prueba. También quiero declarar abiertamente que, si bien mencionamos anteriormente como testigos a algunos miembros de las embajadas, nuestra primera y firme intención no fue la de citarlos para que declararan. Hubo quien se son­rió ante nuestra audacia. Pero no creo que en el Ministerio de Asuntos Exteriores se hayan son­reido, porque a11í debieron de entender. Nos hemos limitado a querer decir a los que saben la verdad que nosotros también la sabemos. Esa verdad corre por las embajadas, y mañana todos la conocerán. Ahora nos es imposible ir a bus­carla donde está, protegida como se halla por formalidades insuperables. El Gobierno, que nada ignora, el Gobierno que, igual que noso­tros, cree firmemente en la inocencia de Drey­fus, podrá, cuando lo desee y sin ningún riesgo, requerir a los testigos que por fin aporten la luz.
Dreyfus es inocente, lo juro. Respondo con mi vida, respondo con mi honor. En esta hora solemne, ante este tribunal que representa a la justicia humana, ante ustedes, señores del ju­rado, que son la esencia misma de la nación, ante toda Francia, ante el mundo entero, juro que Dreyfus es inocente. Por mis cuarenta años de trabajo, por la autoridad que esa labor pueda haberme dado, juro que Dreyfus es inocente. Y por todo lo que conquisté, por la fama que me labré, por mis obras, que ayudaron a la di­fusion de las letras francesas, juro que Dreyfus es inocente. ¡Que todo se desmorone, que desaparezcan mis obras, si Dreyfus no es inocente! Dreyfus es inocente.
Todo parece confabularse contra mí: las dos Cámaras, el poder civil, el poder militar, los pe­riódicos de gran tirada, la opinión pública, a la que han envenenado. Sólo me queda la idea, un ideal de verdad y de justicia. Y me siento muy tranquilo; venceré.
No quería que mi país siguiera viviendo en la mentira y en la injusticia. Podrán ustedes con­denarme aquí mismo. Algún día, Francia me dará las gracias por haberla ayudado a salvar su honor.


Carta a Monsieur Brisson, presidente del Consejo de Ministros

Esta carta vio la luz en L'Aurore, el 16 de julio de 1898.
Habían ocurrido muchas cosas que resumiré rá­pidamente. El 2 de abril, el Tribunal Supremo, ante quien yo había recurrido, anuló la sentencia decla­rando que el caso competía a un consejo de guerra y no al ministro de la Guerra. Ese consejo de guerra, reunido el día 8, decidió que procedería contra mí y propuso además que se eliminara mi nombre de las planas de la Legion de Honor. La nueva citación, que se realizó el 11 de abril, sólo recogía tres líneas de mi «Carta a Monsieur Félix Faure, presidente de la República». El 23 de mayo, por to tanto, volvió el proceso a la Audiencia de Versalles. Pero como mi abogado, Labori, recusó la competencia del tribunal y éste se declaró competente, recurrimos al Supremo, circunstancia que paralizó las sesiones. Por fin, el 16 de junio, al rechazar nuestro recurso el Tribunal Su­premo, tuvimos que volver a la Audiencia de Ver­salles, el 18 de julio. Por otra parte, el 15 de junio cayó el gabinete Méline y, el 28, le sucedía el gabinete Brisson.
El 9 de julio, los tres expertos, los caballeros Bel­homme, Varinard y Couard, consiguieron que se me condenara a dos meses de cárcel con sobreseimiento, y a pagar una multa de dos mil francos y una indem­nización de cinco mil francos a cada experto.

Monsieur Brisson,
encarnaba usted la virtud republicana, era el preclaro simbolo de la honestidad civica. Y, de súbito, tropieza usted en el monstruoso caso. Al instante quedó despojado de su soberanía mo­ral; ya no es sino un hombre capaz de cometer errores y comprometido. [...]
Le creía más listo, Monsieur Brisson; pensé que comprendería usted, como yo lo com­prendo, que ningún gabinete podría vivir mien­tras no se cerrara legalmente el caso Dreyfus. Hay algo enfermo en Francia, y no volveremos a la vida normal hasta que se haya curado la en­fermedad. Añado que el gabinete que se encar­gue de la revisión sera el gran gabinete, el Sal­vador, el que se impondrá y vivirá.
Por lo tanto, usted se suicidó el primer dia, al creer que podía cimentar sólidamente su po­der y por mucho tiempo. Y lo peor es que dentro de poco, cuando caiga usted, su honor po­lítico se habrá perdido, pues sólo usted me interesa, y no sus subordinados, el ministro de la Guerra y el ministro de justicia, pues éstos de­penden de usted.
¡Lamentable espectáculo, una virtud que se extingue, el fracaso de un hombre en quien la República había puesto su ilusión, convencida de que éste jamás traicionaría la causa de la jus­ticia! En cambio, desde que dirije usted la na­ción, ha dejado que le asesinen a la justicia ante sus mismas narices. Ha matado usted el ideal. Es un crimen. Y todo se paga; sera usted castigado.
¡Vamos, Monsieur Brisson! ¡Acaba usted de permitir que se realice una investigación que no es sino una farsa ridícula! [...]
¡Y ya ve qué míseros resultados! ¿Cómo? ¿No encontró nada más? Si no aporta más que eso, con las rabiosas ganas que tiene usted de vencernos, significa que, en efecto, sólo hay eso, que ya no sabe dónde buscar. Pero nosotros co­nocíamos ya sus tres pruebas; conocíamos sobre todo la que fue presentada ante el tribunal con tanta vehemencia, y es un falsiñcación tan im­púdica, tan grosera, que sólo puede convencer a unos incautos. Cuando pienso que acudió un general a leer seriamente esta monumental mis­tificación ante un jurado, que un ministro de la Guerra la leyó otra vez ante unos diputados, y que unos diputados la mandaron publicar en to­dos los municipios de Francia, me quedo viendo visiones. Creo que es lo más estúpido que se ins­cribirá nunca en las páginas de la Historia. Real­mente me pregunto qué estado de aberración mental puede provocar el apasionamiento en al­gunas personas, no más estúpidas que otras, para que concedan el menor crédito a una prueba que tiene todo el aspecto de ser el desafío de un fal­sario que pretende burlarse de la gente. [...]
Puedo asegurarle que está dejando en ridículo a nuestro Gobierno. Me han contado que, el pa­sado jueves, la tribuna diplomática estaba vacía. No me extraña. Ningún diplomático hubiera podido reprimir una carcajada durante la lectura de las tres célebres pruebas. Y no crea que Ale­mania, nuestra enemiga, es la única que se lo está pasando en grande. Rusia, nuestra gran aliada, muy al corriente del caso, bien informada y fir­memente convencida de la inocencia de Drey­fus, podría ayudarnos diciéndole qué piensa Eu­ropa de nosotros. Quizás a ella, a la amiga soberana, le haga usted caso. ¡Coméntelo, pues, con su ministro de Asuntos Exteriores!

[...] ¡Las confesiones de Dreyfus, santo cielo! ¿De modo que ignora usted toda esta trágica his­toria? ¿No conoce el relato auténtico de su de­tención, de su degradación? ¿Y no ha leído tam­poco sus cartas? Son admirables. No conozco páginas más nobles, más elocuentes. Respiran sublimidad en el dolor, y quedarán para la pos­teridad como un monumento imperecedero, cuando nuestras obras, las obras de los escrito­res, hayan tal vez caído en el olvido; porque son el sollozo mismo, late en ellas todo el sufri­miento humano. El hombre que ha escrito esas cartas no puede ser culpable. Léalas, Monsieur Brisson, léalas una noche con los suyos, junto al hogar. Se le llenarán los ojos de lágrimas. [...]
Además, se ha aliado usted con la prensa in­munda. Al igual que ella, siguiendo sus pasos, envenena a la nación con mentiras. Recubre las paredes de las calles de falsedades y cuentos es­túpidos, como si quisiera agravar aún más la de­sastrosa crisis moral que atravesamos. ¡Ah, pobre pequeño pueblo de Francia, qué espléndidas cla­ses de educación cívica lo están impartiendo, a ti, que tanta falta te haría hoy, para tu salvación futura, una buena lección de verdad!
En suma, Monsieur Brisson, ya que estamos aquí, conversando tranquilamente, creo mi de­ber advertirle que espero, con viva curiosidad, ver cómo entiende usted la libertad individual y el respeto a la justicia, el lunes que viene, en el juicio de Versalles. [...]
Allá, es usted dueño y señor, ninguno de sus ministros podrá intervenir, ya que, además de presidente del Consejo, es usted ministro del In­terior, y responde de la tranquilidad de la calle. Así pues, sabremos en qué condiciones estima que debe acudir un acusado ante la justicia, y si es admisible que se le insulte y se le amenace, y si tan bárbaro espectáculo no supone un in­menso deshonor para Francia. Estoy convencido de que mis amigos y yo no nos hemos visto nunca expuestos a un serio peligro. Pero ¡tanto da! Como es menester preverlo todo, declaro de antemano, Monsieur Brisson, que si nos asesi­nan el lunes, sera usted el asesino.
Para terminar, deje que me asombre otra vez al ver lo mezquinos que son todos ustedes.
Comprendo que no haya entre ustedes nadie orgulloso, apasionado y enamorado de un ideal, que entregue su fortuna y su vida por el único placer de ser justo y que esté dispuesto a comprometerse a fin de que reluzca la verdad. Sin embargo, hombres ambiciosos sí los hay; es más, yo diría que sólo hay hombres ambiciosos. En­tonces, ¿cómo es posible que de esta horda no surja al menos un ambicioso inteligente y des­pierto, audaz y fuerte, uno de esos ambiciosos de grandes miras, con una visión clara de las co­sas, de manos largas, capaz de ver dónde se juega la verdadera partida y de jugarla valientemente?
Veamos, ¿cuántos entre ustedes ambicionan la presidencia de la República? Todos, ¿no es así? Se miran de reojo unos a otros, creen superar al vecino en los negocios, unos por prudencia, otros por popularidad, algunos por austeridad. Me hacen reír, porque ninguno de ustedes parece sospechar que, dentro de tres años, el político que llegue al Elíseo será el que haya restaurado en nosotros el culto a la verdad y la justicia, em­pezando por la revisión del caso Dreyfus.
Créame, los poetas tienen algo de videntes. Dentro de tres años, Francia ya no sera Francia; Francia habrá muerto, a no ser que se halle en la presidencia el jefe político, el ministro justo y sensato que haya pacificado la nación. [...]

Justicia

El artículo que sigue se publicó en L'Aurore el 5 de junio de 1899.
Diez meses y medio transcurrieron entre éste y el artículo anterior. El 18 de julio de 1898, al fracasar el recurso que Labori, mi abogado, presentó con la in­tención de aplazar de nuevo el caso, comparecimos ante la Audiencia de Versalles; el tribunal me con­denó otra vez a un año de cárcel y a una multa de tres mil francos. Esa misma noche salí para Londres para que no pudieran notificarme la sentencia y ésta no pudiera ejecutarse.
Resumiré ahora los hechos más importantes ocu­rridos durante el largo lapso que transcurrió entre el precedente y este artículo. El 31 de agosto de 1898, el coronel Henry, tras haber confesado su falsificación, se suicida en Mont‑Valérien. El 26 de septiembre, se presenta ante el Tribunal Supremo la petición de re­vision. El 29 de octubre, el Supremo admite a trámite el recurso y dice que se procederá a una instrucción suplementaria. El 31, el gabinete Dupuy sustituye al gabinete Brisson. El 16 de febrero de 1899, fallece el presidente Félix Faure y el 18 de febrero le sustituye el presidente Émile Loubet. Las Cámaras votan la ley de revocación el 1 de marzo. Por fin, después de que el Tribunal Supremo anulase la sentencia de 1894, volví a Francia, el 5 de junio, la misma ma­ñana en que se publicaba este artículo. Por otra parte, el 10 de agosto de 1898, el Tribunal Supremo, con­firmando la sentencia pronunciada por la Audien­cia, me condenó en rebeldía a un mes de cárcel, a una multa de mil francos y a pagar diez mil francos por daños y perjuicios a cada experto. A instancias de los querellantes (los expertos Belhomme, Varinard y Couard), durante mi ausencia, mi casa fue embar­gada el 23 y el 29 de septiembre, y la subasta se ce­lebró el 20 de octubre; se adjudicó una mesa por treinta y dos mil francos, cantidad a la que ascendía la multa impuesta. El 26 de julio, el comité de la Or­den de la Legion de Honor creyó su deber suspen­derme de mi grado de oficial.

Pronto hará once meses que me fui de Fran­cia. Durante once meses, sin interrupción, me impuse el exilio más absoluto, el retiro más anó­nimo, el más completo silencio. Me encontraba como un muerto voluntario que yace en una se­creta tumba en espera de que reluzcan la verdad y la justicia. Y hoy que la verdad ha vencido, que por fin reina la justicia, renazco, regreso y recu­pero mi lugar en suelo fiancés. [...]

Sin embargo, lo que hoy no digo, lo que al­gún día contaré, es el quebranto, la amargura de aquel sacrificio. La gente olvida que no soy un amante de las polémicas ni un político que saca provecho de las disputas. Soy un escritor libre que en su vida solo tuvo un afán, el de la verdad, y que luchó por ella en todos los campos de ba­talla. Hace ya casi cuarenta años que sirvo a mi país con la pluma, con todo mi valor, con toda la energía de mi trabajo y buena fe. Y os aseguro que duele horriblemente irse solo en una noche oscura, ver cómo a lo lejos se van borrando las luces de Francia cuando se ha luchado por su ho­nor, por que mantenga su gran labor justiciera entre los pueblos. ¡Yo! ¡Yo, que la he exaltado en más de cuarenta obras! ¡Yo, que convertí mi vida en un prolongado afán por llevar su nombre a los cuatro extremos del mundo! ¡Yo, irme asi, huir asi, con aquella jauría de miserables y de locos pi­sándome los talones, persiguiéndome con ame­nazas a insultos! Son ésas horas atroces que calan en el alma y la vuelven para siempre invulnerable a las heridas. Después, durante los largos meses de exilio que siguieron, ¿puede alguien imagi­narse la tortura de sentirse muerto entre los vivos en la espera cotidiana del despertar de la justicia, diariamente aplazada? Ni al peor de los crimi­nales le deseo el sufrimiento que, desde hace once meses, me ha causado la lectura de los co­municados que llegaban de Francia a aquella tierra extranjera, donde resonaban como un eco espantoso de locura y desastre. Es menester haber paseado con ese tormento durante largas horas solitarias, es menester haber vivido de lejos, y siempre solo, la crisis en que se hundía la patria, para saber qué es el exilio en las trágicas condi­ciones que acabo de vivir. Y los que piensan que me fui para huir de la cárcel y para divertirme en el extranjero, a buen seguro con el oro judío, son unos desgraciados que me inspiran cierto asco y mucha piedad.
Yo debía regresar en octubre. Habíamos de­cidido esperar a la reapertura de las Cámaras, en prevision de algún acontecimiento imprevisto, lo cual era para nosotros, tal como estaban las cosas, un acontecimiento seguro. Y he aquí que ese imprevisto no esperó a octubre, sino que es­talló a finales de agosto, con la confesión y sui­cidio del coronel Henry.
Al día siguiente mismo, quise regresar. En mi opinion, se imponía la revisión del caso, la ino­cencia de Dreyfus iba a ser inmediatamente re­conocida. Por lo demás, y dado que siempre me había limitado a pedir la revision, mi papel de­bía terminar forzosamente no bien se reuniera el Tribunal Supremo, y estaba dispuesto a eclip­sarme. En cuanto a mi proceso, no era ya a mis ojos sino una pura formalidad, ya que la prueba presentada por los generales De Pellieux, Gonse y De Boisdeffre, a tenor de la cual me había con­denado el jurado, era un documento falso cuyo autor acababa de refugiarse en la muerte. Así pues, me disponía a regresar cuando mis amigos de Paris, mis consejeros, todos los que se habían mantenido en la brecha, me escribieron cartas llenas de inquietud. La situación seguía siendo grave. Lejos de resolverse, la revision parecía aún incierta. Monsieur Brisson, el jefe del gabinete, se topaba con obstáculos que resurgían sin cesar; traicionado por todos, no disponía siquiera de un simple comisario de policía. De tal modo que mi regreso, en medio de encendidas polémicas, aparecía como un pretexto para nuevas violen­cias, un peligro para la causa, un trastorno más para el Ministerio en su ya ardua labor. Deseoso de no complicar la situación, tuve que incli­narme y consentí en esperar un poco más.
Cuando se reunió por fin la Sala de lo Cri­minal, decidí volver. [...] Pero me llegaron nue­vas cartas suplicándome que esperara, que no precipitara las cosas. [...] Y me incline una vez más; y me quedé a11í, sometido al tormento de mi soledad y de mi silencio.
Cuando la Sala de lo Criminal, admitiendo la petición de revisión, decidió abrir una amplia investigación, quise regresar. En esa ocasión, lo confieso, me sentía completamente descorazo­nado, comprendía que la investigación se pro­longaría durante largos meses, y presentía la an­gustia continua en que me haría vivir. [...] Todas las acusaciones que había formulado en mi «Carta al presidente de la República» se veían confirmadas. Mi misión se había cumplido, no tenía más que regresar a mi puesto. Y sentí un dolor enorme, una gran indignación, primero, al hallar en mis amigos la misma resistencia a mi regreso. Seguían en plena batalla, me escri­bían que yo no podía juzgar la situación como ellos, que sería un peligroso error pretender que se reiniciara mi proceso paralelamente a la in­vestigación del tribunal. [...]
Por eso, pasados ya once meses, todavía no he regresado. Manteniéndome al margen, sólo he actuado, igual que el día en que me embarqué en la lucha, como un soldado de la verdad y la justicia. Tan sólo he sido un buen ciudadano que lleva su abnegación hasta el exilio, hasta la total desaparición, que consiente en dejar de existir a fin de lograr la pacificación del país y de no exacerbar inútilmente las sesiones del mons­truoso caso. Debo confesar asimismo que, ante la certeza de la victoria, reservaba mi proceso como el recurso supremo, la lamparita sagrada con que se haría de nuevo la luz si las fuerzas malignas llegaran a apagar el sol.
[...] Con todo, aunque para mí haya con­cluido esta lucha, aunque de la victoria no me interese sacar beneficio, cargo político, coloca­ción ni honor alguno, aunque mi única am­bición es la de proseguir mi lucha en pro de la verdad con la pluma, mientras mi mano pueda sostenerla, querría hacer constar, antes de lan­zarme a otras luchas, la prudencia y la modera­ción de que hice gala en la batalla. ¿Quién no recuerda los abominables clamores con que se acogió mi «Carta al presidente de la República»? Me tacharon de ofensor del ejército, de vendido, de apátrida. Algunos amigos míos del mundo de las letras, consternados, aterrados, se apartaban de mí, me abandonaban, horrorizados ante mi crimen. Se escribieron articulos que atormentaran la conciencia de los que los firmaron. En suma, jamás un escritor brutal, demente o en­fermo de orgullo había dirigido a un jefe de Es­tado carta más grosera, mentirosa y criminal. Pero ¡que lean ahora mi pobre carta! Me aver­güenzo un poco, lo confieso, de su discreción, de su oportunismo, casi diría de su cobardía. Ya que me estoy confesando, no me cuesta reco­nocer que suavicé mucho las cosas, que pasé muchas otras por alto, cosas que son hoy ya conocidas y están demostradas, cosas que me negaba a creer porque se me antojaban mons­truosas y disparatadas. Si, sospechaba ya por en­tonces del coronel Henry, pero carecía de prue­bas, hasta el punto que juzgué prudente no ponerlo en entredicho. Adivinaba bastantes his­torias, habían llegado a mis oídos algunas reve­laciones tan terribles que, dadas sus espantosas consecuencias, no me senti autorizado a revelar­las. ¡Y resulta que ya se han revelado, que se han convertido en la verdad banal al orden del día! Mi pobre «Carta» ha perdido fuerza; comparada con la soberbia y feroz realidad, parece infantil, una simple novelita rosa, la obra de un literato timido.
Repito que no siento el deseo ni la necesidad de triunfar. No obstante, he de hacer constar que los acontecimientos, en la hora actual, han venido a confirmar todas mis acusaciones. La in­vestigación ha dejado patente la culpabilidad de todas las personas a las que acusé. Lo que de­claré, lo que preví, ahí está, evidente. Lo que más me enorgullece es que mi carta carecia de vio­lencia; era una carta fruto de la indignación, pero digna de mí: nadie sera capaz de hallarle un insulto, una palabra de más, solo el altivo dolor de un ciudadano que pide justicia al jefe del Es­tado. Tal ha sido el eterno sino de mis obras: nunca llegué a escribir un libro, una página, sin que me colmaran de mentiras y de insultos, pese a que, más tarde, se vieran obligados a darme la razón. [...]


El quinto acto

El texto apareció en L'Aurore el 12 de septiembre de 1899.
Yo había impugnado la sentencia de la Audiencia de Versalles y el veredicto del Tribunal Supremo de Paris, referentes a la denuncia de los expertos, y esperé. La justicia, por su parte, no tenía prisa, pues deseaba conocer el resultado del nuevo proceso a Dreyfus celebrado en Rennes. El gabinete Dupuy, que cayó el 12 de junio de 1899, acababa de ser reempla­zado por el gabinete Waldeck‑Rousseau el 22 de ju­nio. El 1 de julio, una noche tormentosa, Dreyfus de­sembarcó en Francia; el 8 de agosto se inició el nuevo juicio y el 9 de septiembre un consejo de guerra con­denó a Dreyfus por segunda vez. Al día siguiente es­cribí este artículo.

Estoy aterrado. No siento ya rabia, o indignación ávida de venganza, o deseo de denunciar el crimen, de pedir que castiguen ese crimen en nombre de la verdad y de la justicia, sino que siento miedo, siento el terror sagrado de quien ve cómo lo imposible se vuelve posible, cómo retroceden los ríos a sus fuentes y cómo tiembla la tierra bajo el sol. Mi grito denuncia el desam­paro de nuestra generosa y noble Francia, el te­rror al abismo hacia donde se desliza.
Como decía en mi «Carta al presidente de la República» después de la escandalosa absolución de Esterhazy, es imposible que un consejo de guerra deshaga lo que hizo otro consejo de gue­rra. Va contra la disciplina. Y la sentencia del consejo de guerra de Rennes, con su indecision jesuítica y su falta de valor para decir sí o no, pone de manifiesto que la justicia militar no puede ser justa porque carece de libertad y por­que niega las evidencias; prefiere condenar de nuevo a un inocente antes que dudar de la pro­pia infalibilidad. Ya no es un instrumento de ejecución en las manos de los superiores. Ahora no pasaría de ser una justicia expeditiva propia de tiempos de guerra. En tiempos de paz, esa clase de justicia debe desaparecer, pues carece de equidad, de simple lógica y de sentido común. Se ha condenado ella misma. [...]
A Cristo lo condenaron sólo una vez. Pero ¡que se hunda todo, que caiga Francia víctima de escisiones, que la patria incendiada se derrumbe entre los escombros, que el mismo ejército pierda su honor, todo antes que confesar que unos compañeros se equivocaron y que unos su­periores pudieron mentir y falsificar! El ideal será crucificado y el sable seguirá siendo rey. [...]

Voy a hablar de una vez, sin reparos, de mi temor. Siempre fue, como ya di a entender en va­rias ocasiones, el temor de que la verdad, la prueba decisiva y contundente, nos viniera de Alemania. No conviene seguir callando por más tiempo ese peligro mortal. Irradia demasiada luz y hay que enfrentarse con valor a la posibilidad de que Alemania, con un golpe fulminante, pro­voque el quinto acto. [...] Me aterra pensar que Alemania, que tal vez sea mañana nuestra ene­miga, nos abofetee con las pruebas que posee.
Vean ustedes. El consejo de guerra de 1894 condena a Dreyfus, un inocente; el consejo de guerra de 1898 declara inocente a Esterhazy, un culpable; y nuestro enemigo conserva las prue­bas del doble error de nuestra justicia militar; y Francia se obceca tranquilamente en este error, acepta el escalofriante peligro que la amenaza. Alemania, dicen, no puede utilizar documentos procedentes del espionaje. Pero ¿quién sabe? [...]

Carta a la esposa de Alfred Dreyfus

Este artículo se publicó en L'Aurore el 29 de sep­tiembre de 1899.
Lo escribí cuando el presidente Loubet hubo fir­mado el indulto de Alfred Dreyfus, el 19 de septiem­bre, y el inocente, por dos veces condenado, fue de­vuelto a su familia. Yo estaba decidido a guardar silencio mientras la Audiencia de Versalles no se pro­nunciase con respecto a mi caso; sólo allí hubiera ha­blado. Pero debido a algunas circunstancias, no pude permanecer callado.


Señora,
[...] Dreyfus puede ya dormir tranquilo y confiado en el dulce hogar que cuida usted con sus piadosas manos. Cuente con nosotros para la glorificación de su marido. Nosotros, los poe­tas, somos los que otorgamos la gloria, y le re­servaremos un papel tan grande que ningún hombre de nuestra época dejará un recuerdo tan conmovedor. [...]
También somos nosotros, señora, los que ponemos en la picota eterna a los culpables. Las generaciones desprecian y escarnecen a quienes condenamos. Hay nombres criminales que, cu­biertos de infamia por nosotros, pasan a ser por siempre inmundos desechos. La justicia inma­nente se reservó ese instrumento de castigo; en­cargó a los poetas que legaran a la execración de los siglos a aquellos cuya maldad social y cuyos crímenes excesivos escapan a los tribunales or­dinarios.
[...] No obstante, hay que olvidar, señora, sobre todo hay que despreciar. Resulta de gran ayuda, en la vida, mostrar desdén hacia villanías y ultrajes. A mí siempre me fue muy útil. Hace ya cuarenta años que trabajo, que resisto gracias al desprecio que siento por las injurias que me han valido cada una de mis obras. Y desde hace dos años, desde que estamos combatiendo por la verdad y la justicia, la ola innoble ha crecido tanto a nuestro alrededor que hemos salido blin­dados para siempre, invulnerables a las heridas. Por lo que a mí se refiere, borré de mi vida mu­chas páginas inmundas, a muchos hombres cubiertos de barro. Ya no existen, ignoro sus nom­bres cuando caen ante mis ojos, evito hasta las reseñas que se publican de sus escritos. Por hi­giene, simplemente. Ignoro si siguen ahí; mi desprecio les ha expulsado de mi mente en la es­pera de que vayan a parar a la cloaca. [...]


Carta al Senado

Esta carta apareció en L'Aurore el 29 de mayo de 1900.
Ocho meses más habían pasado entre éste y el artículo que le precede. La Exposición Universal ha­bía abierto sus puertas el 15 de abril de 1900; nos hallábamos, pues, en plena tregua. Mi proceso de Versalles se veía aplazado de sesión en sesión. Cada tres meses me citaban para que no caducara lo pres­crito; y, al día siguiente, recibía otro papel en el que me avisaban de que no hacía falta que me molestase. Igual sucedía con mi pleito contra los tres expertos, los caballeros Belhomme, Varinard y Couard, retra­sado de mes en mes, indefinidamente. Fueron pre­cisos quince meses, tras el indulto de Alfred Dreyfus, para que madurara el monstruo, la ley de amnistía, la ley infame.

Señores senadores,
el día en que, con harto sentimiento, votaron la llamada ley de revocación cometieron us­tedes un primer error. [...]
Hoy, se les pide que cometan un segundo error, el último, el más torpe y peligroso. Ya no se trata tan sólo de una ley de revocación, sino de una ley de estrangulamiento. [...]
Hace ya más de dos meses, señores senado­res, que solicité que su Comisión me escuchara porque deseaba expresarle mi protesta contra el proyecto de amnistía que nos amenazaba. Hoy escribo esta carta para reiterar mi protesta aún con mayor energía, en visperas del día en que van a ser convocados para discutir esa ley de am­nistía que, desde mi punto de vista, es como una negligencia de la justicia y, desde el punto de vista de nuestro honor nacional, como una man­cha imborrable. [...]
Afirmé que la amnistía se hacía contra no­sotros, contra los defensores del derecho, para salvar a los auténticos criminales, cerrándonos la boca con una clemencia hipócrita a injuriosa, pasando por el mismo rasero a gente honrada y a sinvergüenzas, equívoco supremo que termi­nará por pudrir la conciencia nacional. [...]
Los pensamientos cobardes nacen de las mentes más firmes, hay demasiados cadáveres, se excava un agujero para enterrarlos aprisa cre­vendo que, como nadie los verá, ya no se ha­blará de ello, y a riesgo de que su descomposi­ción atraviese la delgada capa de tierra que les cubre y no tarde en hacer que reviente de peste el país entero.
Buena idea, ¿no? Todos estamos de acuerdo en que el mal, cuando sube de las ocultas pro­fundidades del cuerpo social y sale a plena luz del día, es espantoso. Sólo discrepamos acerca de cómo debe curarse. Ustedes, hombres que llevan el timón, ustedes entierran, dan la impresión de creer que to que no se ve, ya no existe; en cam­bio, nosotros, simples ciudadanos, querríamos limpiar enseguida, quemar los elementos podri­dos, acabar de una vez con los fermentos de des­trucción para que todo el cuerpo recobre la sa­lud y la fuerza.
Y el mañana dirá quién tenía razón.
La historia es muy sencilla, señores senado­res, pero no está de más resumirla aquí.
A1 principio, en el caso Dreyfus, no se dio más que un problema de justicia, el error judicial que algunos ciudadanos, sin duda de corazón más tierno y más justo que otros, quisieron re­parar. A primera vista, no vi otra cosa. Y a medida que se desarrollaba ese monstruoso episo­dio, a medida que aumentaban las responsabili­dades, que éstas alcanzaban a superiores mili­tares, a funcionarios, a hombres del poder, el problema no tardó en adueñarse de todo el cuerpo politico, transformando la célebre causa en una terrible crisis general durante la cual pa­recía que tuviera que decidirse la suerte de la misma Francia. Así, poco a poco, dos partidos se vieron enfrentados: de un lado, toda la reacción, todos los adversarios de la República verdadera, la que deberíamos tener, todas las mentalidades que, quizá sin saberlo, están a favor de la auto­ridad bajo sus diversas formas: religiosa, militar, política; del otro, la libre acción hacia el futuro, todos los cerebros liberados por la ciencia, todos los que buscan la verdad, la justicia, y que creen en el progreso continuo, cuyas conquistas algún día acabarán por proporcionarnos la mayor fe­licidad posible. A partir de ese momento, la lu­cha fue despiadada.
El caso Dreyfus, que era un asunto judicial, y que siempre debió serlo, se convirtió en un asunto politico. Ése fue el veneno. Brindó la ocasión de que saltara bruscamente a la super­ficie la oscura labor de emponzoñamiento y des­composición a que se entregaban los adversarios de la República desde hacía treinta años para minar el régimen. Hoy nadie pone en duda que Francia, la última de las grandes naciones cató­licas poderosas, fue elegida por el catolicismo, o mejor dicho, por el papismo, para restaurar el desfalleciente poder de Roma; de ese modo, se produjo una callada invasión, y los jesuitas, por no mencionar otros instrumentos religiosos, se apoderaron de la juventud con incomparable habilidad; tan hábilmente que, una mañana, Francia, la Francia de Voltaire, que a pesar de todo aún no ha vuelto a los curas, despertó cle­rical en manos de una Administración, de una Magistratura, de un gran ejército que recibe de Roma sus consignas. Cayeron de golpe las ilu­sorias apariencias, comprendimos que de Repú­blica solo teníamos el nombre, percibimos que estábamos pisando un terreno totalmente mi­nado, y que cien años de conquistas democrá­ticas iban a desmoronarse.
[...] ¿Cómo procesar al general Mercier, mentiroso y falsario, cuando todos los generales se solidarizan con él? ¿Cómo denunciar ante los tribunales a los auténticos culpables cuando se sabe que hay magistrados que los absolverán? ¿Cómo gobernar, en fin, con honestidad cuando ni un solo funcionario ejecutará honestamente las órdenes? En tales circunstancias, el poder ne­cesitaría un héroe, un gran hombre de Estado resuelto a salvar a su país, siquiera mediante la ac­ción revolucionaria. [...] El antisemitismo no ha sido más que la explotación grosera de odios ancestrales, con ánimo de despertar las pasiones religiosas en un pueblo de no creyentes que no acudían ya a la iglesia. El nacionalismo no ha sido sino la explotación igualmente grosera del noble amor a la patria, táctica de abominable política que llevará derecho al país a la guerra ci­vil el día en que hayan convencido a la mitad de los franceses de que la otra mitad los traiciona y los vende al extranjero, por el mero hecho de pensar de manera distinta. Así han podido for­marse ciertas mayorías, que han profesado que lo cierto era lo falso, lo justo lo injusto, que no han querido atenerse a razones, condenando a un hombre por ser judío, persiguiendo con gri­tos de muerte a los supuestos traidores, cuyo único afán era salvaguardar el honor de Francia en medio del desmoronamiento de la razón na­cional.
A partir de ese momento, no bien pudo creerse que el propio país se pasaba a la reac­ción, en su arrebato de enfermiza locura, se fue al garete la parva bravura de las Cámaras y del Gobierno. Enfrentarse a las posibles mayorías, ¡valiente idea! El sufragio universal, que parece tan justo, tan lógico, tiene el horrendo defecto de que todo elegido del pueblo pasa a ser el can­didato del mañana, esclavo del pueblo en su ávido afán de ser reelegido; de tal suerte que, cuando el pueblo enloquece, en uno de esos ata­ques que hemos presenciado, el elegido se halla a merced de ese loco, opina como él, si no es capaz de pensar y de actuar como un hombre li­bre. Y ése es el doloroso espectáculo al que asis­timos desde hace tres años: un Parlamento que no sabe utilizar su mandato por temor a per­derlo, un Gobierno que, tras permitir que Fran­cia caiga en manos de los reaccionarios, de los envenenadores públicos, teme a cada instante que lo derriben y hace las peores concesiones a los enemigos del regimen que representa por el mero afán de mandar unos días más.
[...] Esta ley de amnistía que aprobáis para ellos, para salvar a sus superiores del presidio, claman que os la arrancamos nosotros. Son us­tedes unos traidores, los ministros son unos trai­dores, el presidente de la República es un traidor. Y cuando hayan votado ustedes la ley, habrán actuado como traidores y para salvar a traido­res. [...]
Ante tan grave peligro, sólo podia hacerse una cosa, aceptar la lucha contra todas las fuerzas del pasado coaligadas, rehacer la Administra­ción, rehacer la Magistratura, rehacer el alto mando, por cuanto todo eso se hallaba inmerso en la podredumbre clerical. Iluminar al país con actos, decir toda la verdad, impartir toda la jus­ticia. [...]
Una de las cosas que me causan sorpresa, se­ñores senadores, es que se nos acuse de querer reabrir el caso Dreyfus. No lo entiendo. Hubo un caso Dreyfus, un inocente torturado por ver­dugos que no ignoraban su inocencia, y ese caso, gracias a nosotros, ha concluido, con respecto a la propia víctima, a quien los verdugos se han visto obligados a devolver a su familia. El mundo entero conoce hoy la verdad, nuestros peores adversarios no la ignoran, la confiesan a puerta cerrada. Llegado el momento, la rehabi­litación sera una mera fórmula jurídica, y Drey­fus apenas nos necesita, porque está libre y por­que tiene a su alrededor, para ayudarle, a la admirable y valerosa familia que nunca dudó de su honor ni de su liberación.
¿Por qué, entonces, íbamos a querer reabrir el caso Dreyfus? Amen de que eso no tendría ningún sentido, tampoco beneficiaría a nadie. Lo que nosotros queremos es que el caso Dreyfus concluya con el único desenlace que puede devolver la fuerza y la tranquilidad al país, y éste es que los culpables reciban su castigo, no para alborozarnos de ello, sino para que el pueblo sepa por fin la verdad y que la justicia traiga la paz, lo único verdadero y sólido. [...]
Nadie ignora que los numerosos documen­tos facilitados por Esterhazy al agregado militar alemán, Schwartzkoppen, están en el Ministerio de la Guerra, en Berlin. [...] Pues bien, admito que pueda estallar una guerra mañana entre Francia y Alemania, y henos aquí ante la espan­tosa amenaza: antes mismo de que se dispare un tiro de fusil, antes de que se libre una batalla, Alemania publicará en un folleto el expediente Esterhazy; y yo digo que la batalla estará per­dida, que habremos sido derrotados ante el mundo entero sin haber podido siquiera defen­dernos. [...]
He contestado al presidente de su Comisión que yo disponía de un nuevo dato, que si bien no tenía la verdad, sabía perfectamente dónde encontrarla, y que me limitaba a pedirle al pre­sidente del Consejo que invitara al ministro de Justicia a que aconsejara a su vez al presidente de la Sala de to Criminal, en Versalles, que no detuviera a la comisión rogatoria cuando yo le pidiera que mandara interrogar a Monsieur Schwartzkoppen. Así concluiría el caso Dreyfus y Francia se salvaría de la más terrible de las ca­tástrofes. [...]
No cometeré, señores senadores, ni por un instante, la ingenuidad de creer que esta carta les impresionará, ya que les considero firmes parti­darios de votar la ley de amnistía. Es fácil prever su voto, porque sera el fruto de su prolongada debilidad a impotencia. Se imaginan que no pueden obrar de otro modo porque no tienen el valor de obrar de otro modo.
Escribo esta carta simplemente por el gran honor que supone haberla escrito. Cumplo con mi deber y dudo de que ustedes cumplan con el suyo. La ley de revocación fue un crimen jurí­dico, la ley de amnistía sera una traición cívica, sera abandonar la República en manos de sus peores enemigos.
Vótenla, no tardarán en recibir su castigo. Con el tiempo, será su vergüenza.


Carta a Monsieur Loubet, presidente de la República

Esta carta apareció en L'Aurore el 22 de diciem­bre de 1900.
Siete meses más transcurrieron entre éste y el ar­tículo que le precede. La Exposición Universal cerró sus puertas el 12 de noviembre, y convenía terminar de una vez, estrangular definitivamente la verdad y la justicia. Y así fue. Ya no se celebraría mi juicio de Versalles, me privaron de mi derecho absoluto a ape­lar contra una condena en rebeldía. Brutalmente, su­primieron la verdad que yo hubiera podido conseguir, la justicia que les hubiese exigido. Asimismo, aún corren sueltos los tres expertos, los caballeros Belhomme, Varinard y Couard, con los treinta mil francos en el bolsillo; habrá que volver a empezar desde el inicio ante la justicia civil. Lo hago constar, eso es todo, y no me quejo, pues de todos modos mi obra está hecha.
Para refrescar las memorias, quiero añadir que aún hoy, en febrero de 1901, sigo suspendido de mi grado de oficial de la Orden de la Legion de Honor.

Señor presidente,
[...] si las Cámaras votaron, y con gran pesar, la ley de amnistia, se supone que fue para ase­gurar la salvación del país. Después de haberse metido en ese atolladero, su Gobierno se ha visto obligado a elegir el camino de la defensa republicana, pues ha visto su solidez. El caso Dreyfus sirvió para demostrar qué peligros ame­nazaban a la República bajo el doble complot del clericalismo y del militarismo, que actuaban en nombre de todas las fuerzas reaccionarias del pasado. Por lo tanto, el plan politico del gabi­nete es muy sencillo: deshacerse del caso Drey­fus sofocándolo, dando a entender a la mayoría que, si no obedece dócilmente, no obtendrá las reformas prometidas. Todo eso estaría muy bien, si, para salvar a la nación de la ponzoña clerical y militar, no la hubieran arrojado a esa otra pon­zoña del embuste y de la iniquidad en que ago­niza desde hace tres años.
[...] Asi pues, ¿acaba la justicia absoluta donde comienza el interés de un partido? ¡Ah, qué grato es ser un solitario, no pertenecer a nin­guna secta, no depender más que de la propia conciencia, y qué fácil es seguir nuestro propio camino, no amando más que la verdad, deseán­dola, aunque tiemble la tierra y haga caer el cielo!

Hay una expresión, señor presidente, que me enoja cada vez que me tropiezo con ella: ese tó­pico que consiste en decir que el caso Dreyfus ha hecho mucho daño a Francia. Lo he encon­trado en todas las bocas, bajo todas las plumas, amigos míos acostumbran a decirlo y quizás hasta yo lo haya dicho. Sin embargo, no co­nozco expresión más falsa. [...] El bien inmenso que le ha hecho a Francia el caso Dreyfus, ¿no radica precisamente en haber sido una cosa pú­trida, el grano que brota en la piel y revela la porqueria interna? No está de más recordar aquella época en que la gente se encogía de hombros ante el peligro clerical, cuando se con­sideraba elegante burlarse de Homais, volteriano ridículo y trasnochado. Todas las fuerzas reac­cionarias habían recorrido el subsuelo de nues­tro gran París minando la República, calculando que se apoderarían de la ciudad y de Francia el día en que se derrumbaran las actuales institu­ciones. Y el caso Dreyfus lo desenmascara todo antes de que se cierre el cerco estrangulador, por fin los republicanos se dan cuenta de que, como no pongan orden, les van a confiscar la Repú­blica. Todo el movimiento de defensa republi­cana nace de ahí y, si Francia logra salvarse del extenso complot de la reacción, lo deberá al caso Dreyfus.

Pero hay que concretar un poco, señor pre­sidente. Sólo le escribo para poner punto final a este caso, y me parece oportuno volver a sacar a colación las acusaciones que presenté ante Mon­sieur Félix Faure, para dejar bien sentado, defi­nitivamente, que eran justas, moderadas, insufi­cientes incluso, y que la ley promulgada por su Gobierno amnistía en mi caso a un inocente.
Acusé al teniente coronel Du Paty de Clam de «haber sido el diabólico artifice del error ju­dicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más desca­belladas y delictivas maquinaciones». Discreta y cortés acusación, ¿no es cierto?, para quien ha leido el terrible informe del capitán Cuignet, quien llegó a acusar a Du Paty de Clam de fal­sedad.
Acusé al general Mercier de «haberse hecho cómplice, cuando menos por debilidad de carác­ter, de una de las mayores iniquidades del siglo». Ahora haré una honorable rectificación y reti­raré lo de la debilidad de carácter. Pero, así como al general Mercier no se le puede aplicar la disculpa por esa debilidad, es totalmente respon­sable de los actos que le imputa el Tribunal Su­premo y que el Código califica de criminales.
Acusé al general Billot de «haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa hu­manidad y de lesa justicia con fines políticos y para salvar al Estado Mayor, que se veía com­prometido en el caso». Todos los documentos que se conocen hasta el momento dejan claro que el general Billot estaba forzosamente al co­rriente de las criminales maniobras de sus su­bordinados; y yo añado que el expediente se­creto de mi padre fue entregado a un periódico inmundo por orden suya.
Acusé al general De Boisdeffre y al general Gonse de «ser cómplices del mismo delito, el uno sin duda por apasionamiento clerical, el otro quizá por ese corporativismo que convierte al Ministerio de la Guerra en un lugar sacrosanto, inatacable». El general De Boisdeffre se juzgó a sí mismo al día siguiente de ser descubierto el falsario de Henry, cuando presentó su dimisión e hizo mutis por el foro, trágica caída en un hombre que ascendió hasta los más altos esca­lafones, hasta las más altas funciones, y se hun­dió en la nada. En lo tocante al general Gonse, es uno de esos personajes a quienes la amnistía exime de las más graves responsabilidades, cuan­do su culpabilidad era palmaria.
Acusé al general De Pellieux y al coman­dante Ravary de «haber realizado una investiga­ción perversa, esto es, una investigación mons­truosamente parcial que nos depara, con el informe del segundo, un imperecedero monu­mento de cándida audacia». A poco que releamos la instrucción del Tribunal Supremo, descubri­remos en ella la colusión establecida, probada, por los documentos y por los testimonios más abrumadores. La instrucción del caso Esterhazy fue una impudente farsa judicial.
Acusé a los tres expertos en escritura, los ca­balleros Belhomme, Varinard y Couard, de «ha­ber redactado informes mendaces y fraudulen­tos, a menos que una revisión médica declare que estos señores padecen una enfermedad de la vista o mental». Tales eran mis palabras a la vista de la extraordinaria afirmación de esos tres ex­pertos, según los cuales el escrito no era de Es­terhazy, error que, a mi entender, no hubiera cometido ni un niño de diez años. Sabemos ya que el propio Esterhazy reconoce haber escrito ese documento. Y el presidente Ballot‑Beaupré ha declarado solemnemente en su informe que, para él, no había duda posible.
Acusé a los servicios del Ministerio de la Guerra de «haber promovido en la prensa, par­ticularmente en L'Éclair y en L'Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinión pública y encubrir sus propios errores». No insistiré aquí, porque considero que esto ha quedado claramente demostrado por todo lo que ha salido a relucir desde entonces y por lo que los culpables se han visto obligados a confesar.
Acusé, por último, al primer consejo de gue­rra de «haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que per­maneció secreta», y acusé al segundo consejo de guerra de «haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absolver conscientemente a un culpable». En lo que al primer consejo de guerra respecta, la confección de la prueba secreta ha sido clara­mente determinada por la instrucción del Tri­bunal Supremo, a incluso en el juicio de Ren­nes. En lo que respecta al segundo, la instrucción ha demostrado asimismo la colusión, la conti­nua intervención del general De Pellieux y la evidente presión con la que se obtuvo la abso­lución conforme al deseo de las instancias su­periores.
Como ve usted, señor presidente, todas y cada una de mis acusaciones han quedado ple­namente confirmadas por los delitos y crímenes descubiertos, y reitero que tales acusaciones se nos antojan hoy muy pálidas y modestas ante el espantoso cúmulo de abominaciones cometi­das. [...]

Ha concluido, señor presidente, al menos por el momento, ese primer periodo del caso, cerrado sin remedio por la amnistía.
Nos han prometido, como indemnización, la justicia de la Historia. Se parece un poco al paraíso católico, que sirve para que los misera­bles cándidos que se mueren de hambre en esta Tierra no se impacienten. Sufrid, hermanos, co­med vuestro pan seco, acostaos en la dura piedra mientras los afortunados de este mundo duer­men sobre plumas y se alimentan de exquisite­ces. Dejad también que los malvados ocupen los altos cargos mientras a vosotros, los justos, os empujan hacia el arroyo. Dicen también que, cuando todos hayamos muerto, las estatuas se­rán para nosotros. Por mí, de acuerdo; pero es­pero que la revancha de la Historia sea más seria que las delicias del paraíso. No obstante, me hu­biera gustado ver un poco de justicia en este mundo. [...]

Nos han prometido la Historia, y también yo le remito a ella, señor presidente. La Historia contará lo que usted ha hecho, tendrá usted también su página. Acuérdese de aquel pobre Félix Faure, aquel curtidor deificado, tan popu­lar en sus comienzos, que llegó a impresionarme con su aire de bonachón democrático; ahora sera para siempre el hombre injusto y débil que per­mitió el martirio de un inocente. Reflexione, y dígame si no preferiría ser usted, en el mármol, el hombre de la verdad y de la justicia. Quizás aún esté a tiempo.
Yo sólo soy un poeta, un narrador solitario que cumple su tarea en un rincón, entregado en cuerpo y alma a su actividad. He comprendido que un buen ciudadano ha de limitarse a aportar a su país el trabajo que realiza con menos tor­peza; por eso me encierro yo entre mis libros. Y ahora me enfrasco de nuevo en ellos, pues la misión que yo mismo me encomendé ha tocado ya a su fin. Desempeñé siempre mi papel con la maxima honestidad, y ahora regreso definitiva­mente al silencio.
Únicamente debo añadir que mis oídos per­manecerán alerta y mis ojos muy abiertos. Me parezco un poco a la hermana
Ana[L4] , dia y noche me preocupa que pueda verse algo en el ho­rizonte, incluso confieso que tengo la esperanza tenaz de que no tardaré en ver llegar mucha ver­dad, mucha justicia, de los campos lejanos donde crece el futuro.
Sigo esperando.
Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto.

FIN


[L1]Se refiere a la guerra de 1870, en la que las tropas francesas fueron derrotadas por las prusianas. (N. del T.)

[L2]Se refiere a Monsieur Scheurer‑Kestner, senador francés que en 1897 se atrevió a intervenir en favor de Dreyfus. (N. del T.)


[L3]Nombre dado al movimiento político creado por el general Boulanger (1837‑1891), quien, siendo ministro de la Guerra, reagrupó bajo su dirección a varios descontentos y proyectó un golpe de Estado. (N. del T.)

[L4]Personaje del cuento Barbazul, de Perrault, que otea el horizonte por si llegan los hermanos a salvar a la séptima esposa de Barbazul antes de que éste la degüelle. (N. del T.)

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